jueves, 4 de diciembre de 2008

Otro buen cuento: Espejos

El despertador ensordecedor sonaba y sonaba hasta que un brusco manotazo logró callarlo. Encendió el velador de al lado de la cama, se levantó refunfuñando como todas las mañanas. Prendió la luz de la habitación sin importarle que su esposa aún durmiera, ésta se dio media vuelta y se tapó con la almohada. Él sin inmutarse siguió con su rutina, buscó en el placard uno de sus trajes, lo apoyó sobre la silla y se fue directo al baño. Luego de una ducha rápida se cambió y salió disparado para la oficina. Ni bien estuvo sentado en el auto para emprender el viaje comenzó a sonar el celular, sin darle mayor importancia, prendió un cigarrillo y salió.
El tráfico era un caos, día de semana, hora pico, imposible llegar a horario, sin importarle nada, ni el que venía atrás ni el que doblaba, él se mandaba igual. Sólo respetaba los semáforos. Una persona con cero paciencia. No tenía muchos amigos y a los pocos que tenía ese título les quedaba grande. Entrado ya en el micro centro, dejó el auto como siempre en uno de los estacionamientos que se encuentra a unas pocas cuadras de plaza de mayo, entregó la llave a los muchachos y se fue. Caminó hasta la empresa, fumando como de costumbre, esquivando a la multitud, chocándose con más de uno y maldiciendo por dentro, mirando con cierta lástima y frialdad a las personas y niños que estaban pidiendo o vendían alguna cosa. No eran de su agrado.
Mientras tanto en su casa, su esposa se preparaba para empezar el día, levantó a los niños, luego de desayunar los llevó al colegio. Se turnaban para llevarlos pero hacía ya un tiempo que su esposo no tenía tiempo ni para eso. Sus hijos lo adoraban, siempre lograban robarle una sonrisa pero él pasaba más tiempo en su oficina. Últimamente vivía agobiado y estresado.
Subió hasta el quinto y entró con ese aire de superioridad y de ganador, con esa mirada despectiva, sonriendo falsamente. Se internó en su oficina, colgó el saco en el respaldo de su sillón y pidió un cortado. De más está decir que el gracias y el por favor se los llevó el silencio. Firmó unos papeles, hizo un par de llamados y salió a su almuerzo de trabajo, como todos los miércoles. Fumaba como un escuerzo, muchas veces intentó dejar pero el vicio era más fuerte que él. Su esposa llamó para recordarle el acto de su hija, como otras tantas veces, juró que asistiría.
Otra vez en la calle, donde la cortesía brilla por su ausencia, salvo en algunos pocos, con sus ruidos aturdidores, bocinas, bullicio, cada uno en su propio mundo, gente esquivando gente, caminaba. Como todos los miércoles, se dirigió directo a la habitación 87 del hotel Castelar, allí lo esperaba ella. Sin decirse nada se besaron desaforadamente, despojándose de sus ropas, dejándose llevar por el deseo, fundiendo sus cuerpos en uno, presos del pecado y la traición, olvidándose por un instante del mundo. Al terminar, encendió un cigarrillo, se vistió rápidamente y volvió a la jungla porteña. Cruzó la 9 de julio, otra vez lo mismo, gente que iba y que venía, se metió por Florida pensando que iba a llegar más rápido, qué iluso, la gente estaba por todos lados.
De pronto comenzó a aminorar la marcha, se sentía exhausto, un sudor frío le corría por la frente y comenzó a desplazarse por el resto de su cuerpo, su rostro estaba pálido, dio un par de pasos más y se frenó del todo. El mundo le daba vueltas, fue perdiendo el equilibrio, los ruidos se volvieron lejanos, puntadas como cuchillos se le clavaban en el pecho, el dolor se hizo presente e insoportable. La vista nublada le impedía diferenciar figuras, los colores fueron fundiéndose en uno solo, no vio más nada, todo se oscureció y cayó desvanecido. Una muchedumbre se agrupó a su alrededor, de repente se ve a sí mismo, ahí tirado sobre el asfalto. Ahora era uno más entre la multitud, nadie parecía notarlo.

Al principio no lograba comprender qué me pasaba, me acerqué a la multitud, estaba ahí en el suelo, paralizado, dormido profundamente, nadie sabía bien que hacer, intentaban socorrerme. Una mujer le gritaba a un policía pidiendo auxilio, otro hombre llamaba por teléfono a la ambulancia. Me acerqué a mí, tímidamente, con un poco de miedo e incertidumbre. No podía creer lo que veía, ¿qué me estaba pasando? ¿Ese era yo?, me llené de pena, me vi a mi mismo como nunca me había imaginado, vi a un hombre con un rostro demacrado, fiel reflejo del paso de los años, triste, ojeroso, a mi lado el maletín de siempre, gastado y con el cuero rasgado, mi celular sonando. De pronto, algo me distrajo, la sirena de la ambulancia se escuchaba cada vez más cerca. Me subieron en una camilla y me llevaron.
Vi como se alejaban pero yo seguía allí, observándolo todo. En ese momento recordé el acto de mi pequeña, miré el reloj y comencé a correr por la ciudad hasta que llegué al colegio.
Llegué al colegio, vi a mi pequeña, su carita triste, de decepción y de enojo me partieron el alma. Me acerqué para abrazarla, ella siguió caminando. Una lágrima rodó por su mejilla, con el puño del guardapolvo se la secó y salió al escenario. Mi esposa la abrazó y le dijo al oído: perdónalo, papi anda con mucho trabajo últimamente pero no te olvides que te ama. Terminado el acto, volvieron a casa.

Los niños merendaban, su esposa los observaba con cariño pero su mirada era triste. Mientras ordenaba la habitación, notó en una de las camisas de su esposo unas manchas de labial, impregnada de perfume importado. De uno de los bolsillos vio caer una tarjeta, alcanzó a leer “Hotel Castelar, habitación 87”, la interrumpió el sonido del teléfono. Corrió a atender. Le dieron la noticia.
El tiempo pasaba. Nadie salía del quirófano. En el pasillo ella lo esperaba, muerta de miedo y llena de dudas.


Ahí me vi de nuevo, lleno de tubos y cables conectados a mi cuerpo, escuchaba aquél marcapasos, era mi corazón el que latía. No podía creer lo que estaba pasándome. Salí al pasillo, empecé a caminar por el hospital. Vi a mi mujer, preocupada, con esos hermosos ojos brillantes, llenos de tristeza, contenía las lágrimas.
En ese momento toda mi vida pasó como un flash por mi cabeza, me llené de angustia, de culpa, los recuerdos comenzaron a bombardearme de la forma más cruda, aquellas inocentes miradas de decepción de mis hijos, se clavaban como puñales en mi pecho. Las imágenes iban pasando por mi mente cada vez más reales. Vi a mis hijos dormidos de tanto esperar, abrigados para salir a ningún lado, esas caritas esperanzadas que miraban sin cesar la puerta que nunca se abría. La vi a ella, mi fiel compañera, mi amor, preocupada. Esperando con la cena servida, hasta que el cansancio se apoderaba de ella. Recordé nuestras primeras navidades donde las risas eran eternas y jugábamos con los niños al dígalo con mímica, al pictionary o al monopoly.
Recordé aquellas fiestas sociales en las que mis “amigos” me cambiaron por un par de billetes. Entre todos esos recuerdos me volví vulnerable. En lo que ahora pienso es en cambiar las cosas, arrepentido y avergonzado de mi ser pero ¿cómo?, ¿cómo remediar todo ese daño causado?, ¿cómo podré volver a ver a mis hijos a la cara sabiendo que les he fallado tantas veces?, ¿cómo explicarle a mi mujer que me dejé caer en la rutina y llegué a engañarla?

Luego de varias horas de cirugía volvió en sí. Una fuerte luz lo encandilaba y terminó por despertarlo, la cabeza se le partía del dolor, pidió con urgencia ver a su esposa. Se había dormido en la sala de espera, en uno de los “cómodos” sillones. Un médico se acercó y la despertó, ella acudió enseguida a la habitación no dijo palabra alguna, sólo se dedicó a escuchar. Entre silencios incómodos y miradas acusadoras, tristes e incomprendidas su esposo rompió en un mar de llanto. Arrepentido, pedía perdón, y le pedía comenzar de nuevo. Ella comenzó a llorar a su lado, le agarró fuertemente la mano, lo besó. No era el mejor momento para tomar decisiones.
Una fría brisa se coló por la ventana de la habitación y les causó escalofríos. Todo estaba en silencio, las lágrimas seguían rodando por sus mejillas y sin parar de mirarse buscaban consuelo el uno en el otro.
Aquel sudor frío del medio día volvió a hacerse presente en su cuerpo. Su rostro volvió a palidecerse, se sentía mareado, su corazón latía cada vez más rápido. Comenzó a temblar, las puntadas como cuchillos volvieron a sentirse en su pecho, apretó la mano de su mujer con fuerza, sonrió y en un instante se sintió en paz, tranquilo, ya no era dueño de si mismo, ya no podía controlarlo todo. Sus ojos se cerraron.
Su mujer corrió al pasillo en busca de un médico, desesperada. Era demasiado tarde.
Betania Salas

martes, 2 de diciembre de 2008

Para reflexionar: En búsqueda de un patio compartido

La sociedad humana es distinta de un rebaño
de animales porque alguien puede sostenerte;
es distinta porque es capaz de convivir con inválidos (…),
nació junto con la compasión y con el cuidado
de los demás, cualidades sólo humanas.
Zygmunt Bauman



Descender de un colectivo al regresar del trabajo a las seis de la tarde en la ciudad de Buenos Aires es sinónimo de odisea prácticamente, se entremezclan empujones repartidos y hasta el más suave de los insultos resulta intolerable, para colmo es verano. El calor sofoca pero se recupera algo de aliento una vez que el recorrido de la línea 9 de colectivos termina para quienes solicitan parada y bajan del “vagón”. Una señora y una adolescente coinciden en el camino que hay que andar para llegar a casa:
_ ¿Vas para allá querida?, se oye quejosa la pregunta. La joven responde con un gesto amable y acompaña el breve recorrido que dura dos cuadras. La mujer cincuentona dirá sueltamente que “...antes uno se podía confiar en cualquier momento pero desde que llegaron estos inmigrantes al barrio, todo cambió y no se sabe con qué clase de extraños nos podemos topar…”, minutos después intentará disimular su vergüenza al observar sin poder creer que su acompañante, una “extraña”, ingresa con pesados pasos al Mega. Espacio territorial despreciado por un discurso que penosamente es representante del pensamiento de muchos.
El barrio porteño en cuestión es Parque Patricios que, con la instalación definitiva de los habitantes de un nuevo núcleo urbano, desde hace un tiempo, pone de relieve en algunas de sus cuadras una problemática que deja al descubierto ciertos contrastes entre grupos humanos que nacen del simple señalamiento hacia lo que se considera foráneo. Una porción de ciudad que fue preparada para cobijar a quienes llegaron hace tan poco desde muy cerca, resulta ser el contraste del conjunto de voces de los que procuran ser el “nosotros”, éstos miran desconfiados mientras alimentan la no bienvenida a esos “otros”, especie de extranjeros al decir de Sygmunt Bauman. De este modo, inevitablemente se denotan ciertas diferencias establecidas arbitrariamente respecto “al nuevo, desconocido, distinto, de afuera, del otro lado”, que se expresan aún con la distancia generalizada y silenciosa a veces pero también a la vista están las incontables prácticas que difieren y los muros materiales que parecen separar dos mundos. Es entonces cuando cabe plantear por qué surgen tales trazos en la ciudad que en definitiva delimitan verdaderos “biomas humanos”, pero fundamentalmente cómo es plasmado esto, inclusive, dentro de los límites de un pequeño paisaje urbano.
En este sentido, Sygmunt Bauman plantea un doble recorrido:
Vivir en una ciudad significa vivir en compañía de extranjeros. Nunca dejaremos de ser extranjeros: nos mantendremos como tales, sin interés por interactuar, pero, por ser vecinos los unos de los otros, destinados a enriquecernos recíprocamente.[1]


Nuevo complejo “El Mega” Vieja despensa “La Familia”

El MTL (Movimiento Territorial de Liberación) es una organización piquetera vinculada a la defensa de los vecinos frente a los desalojos, de la gente sin vivienda, de los desocupados, de los exiliados económicos que vienen de los países limítrofes a buscarse el futuro. En Parque Patricios llevaron a cabo un Megaproyecto de recuperación de una fábrica para construir viviendas, de manera autogestiva, con el objetivo de dar solución a los problemas habitacionales y que los trabajadores puedan ser residentes de ese lugar.
A partir de la conceptualización de Katz Claudio[2] resulta posible aproximarse a la noción de “organización piquetera”: Los piqueteros mantienen en pie la protesta social luego del repliegue de las asambleas barriales, los escraches y los cacerolazos. Su presencia en las calles torna visible la miseria al conjunto de la sociedad, contrapesa la resignación y obliga a discutir la tragedia social que padece la mitad de la población. Los piqueteros han logrado un nivel de organización de los desocupados inédito a escala internacional, pero no se limitan a demandar subsidios para sus adherentes. Recogen las reivindicaciones de otros sectores explotados y por eso se perfilan como referentes de la resistencia popular. Su movilización ha desconcertado al establishment que oscila entre el desprecio ("son muchedumbres silenciosas"), la compasión hipócrita ("hay que comprenderlos porque son pobres") y la exigencia de represión ("no pueden apropiarse del espacio público").
En el Mega, como llaman al nuevo complejo, trabajaron aproximadamente 500 personas para construir más de 300 viviendas en una manzana del barrio. Paradójicamente, la construcción de este espacio recibió, en un barrio que tiene experiencias en viviendas sociales y colectivas, algunas críticas de los vecinos.

Barrio “El Mega”

Una vivienda testigo de dos frentes: el Mega en sus narices (detrás del lente de la cámara) y las casas vecinas casi idénticas que la rodean.


Como si se tratara de un juego que se disputa entre dos especies de bandos es fácilmente identificable un “nosotros” (los antiguos vecinos instalados) que se apropian de las calles y su historia, versus “los otros” que han llegado con aire de búsqueda y para quienes mejorar el nivel de vida es la promesa que pretenden cumplir…Y entre unos y otros es evidente a veces la similitud de experiencias de vida sin embargo lejos están de reflejarse iguales. Son distintos pero idénticos a la vez aunque cabe preguntarse: ¿distintos respecto a qué, a quiénes?

“…cuanto más se desvaloriza el espacio, menos protectora es la distancia y más obsesivamente la gente traza y altera fronteras…y emprendemos la búsqueda de diferencias justamente para legitimar las fronteras…”[3]

De trasfondo, los nuevos y prolijos edificios son testigos de las voces contrapuestas que se oyen al sol que aún permanece en la tarde, a su vez representan en el escenario el esfuerzo y la voluntad de familias enteras que han llegado humildemente persiguiendo desconocidos horizontes. Los colores pastel inundan las estructuras pero también parecen pintar suavemente los anhelos de los nuevos habitantes aunque también es evidente la presencia de rejas que rodean el complejo y que en este caso no dan paso a la oleada de prejuicios del afuera.
Los habitantes con porte renovado pueden esquivar varios fusiles desde la vereda de enfrente y es que, si hay algo de lo que no pueden ser acusados es de carecer de la cultura de trabajo, por ejemplo, bien incorporada la tienen. Pero la mirada no se inmuta y persiste densa sin mirar porque no desea hacerlo, mientras la minoría que se desentiende sanamente de la rivalidad intenta convivir. Los “otros” buscan familiarizarse con el nuevo espacio desde lo cotidiano: la misma lucha permanente que los ha llevado a su lugar y saben que van por más. Su simpleza se advierte diariamente: se levantan y andan el camino. Algunos, no pocos lamentablemente, se perciben diferentes más allá del señalamiento pero también entienden que en sus manos está acercarse un poquito más a aquello que llaman libertad. Entonces se convencen y aún superando la edad de treinta años deciden alfabetizarse para “igualarse” y lograr aquel enorme objetivo con sus propias herramientas. No es sencillo tomar valor y crecer pero al reconocer el avance no es posible medir la gratificación, se dirán a sí mismos publicando su entusiasmo. Hacer oídos sordos a los prejuicios no resulta complicado cuando permanece la elección de vida empinada y el arrojarse a la confrontación de las dificultades en pos del cambio añorado. Lo saben, lo viven. Y así es como desoyen las voces enemistadas.
Compartir con Griselda una visión que es sinónimo de cohesión social hace más probable que puedan derribarse los muros, evidentes y no videntes, que hoy se imponen sin sentido. “Nos tildan de diferentes y nos hacen a un costado, es como si se olvidaran que estamos aquí por lo mismo”, dice convencida. Pero agrega con cautela que “…ellos saben de llevar a sus hijos a un parque a jugar después de la escuela, a los nuestros los tuvimos que mandar a laburar…”. Y es que, es notable como en muchas mentes se levantan prolijamente, altas y fuertes, medianeras difíciles de atravesar. Si fuera posible que desde algunas orillas dibujadas puedan ser acompañados algunos objetivos en común, tan mayores serían los resultados. Muchos imaginan despiertos. Mientras, allá afuera, los chicos que aún no están impregnados del todo por ideas preconcebidas se animan a jugar de la mano y sin darse cuenta crecen juntos. Un “Día del Niño” en el Mega refleja cómo es factible movilizar un trozo de ciudad aparentemente intocable e inmodificable, adueñándose de sus calles alegremente. El manojo de caminos no espera inmóvil, se mueve inquieto procurando cierta integración al decir de Julieta y Nahuel, quienes abren sus corazones y mentes cuando no dudan en enseñar lo que saben a los más chiquitos.
“Las ciudades han dejado de ser promesa de crecimiento o prosperidad, y las diferencias sociales se han acentuado dramáticamente con nuevas formas de segregación espacial. Mientras las villas de emergencia se han vuelto impenetrables salvo para sus propios habitantes, la “arquitectura del miedo” cerca con muros y rejas los nuevos límites de barrios privados, ciudades cerradas y countries, para garantizar la seguridad, la homogeneidad social y la exclusión de los otros.”, sostiene Graciela Speranza. Si bien es cierto lo que afirma la autora, resulta interesante resaltar ciertos aspectos que se desprenden del paisaje de Parque Patricios y la experiencia concreta del complejo de la calle Monteagudo. Allí los límites que menciona Speranza no rodean countries aislados porque la gente que vive allí tal vez desearía pero no tiene el poder adquisitivo para habitarlos, pero son visibles y en todo caso de lo que pretenden aislarse es precisamente de los márgenes invisibles que se delinean apenas se cruzan las rejas que rodean el Mega. Por otro lado, “..garantizar la seguridad, la homogeneidad social y la exclusión de los otros” es una acción que se pretende concretar, aunque a partir de distintas posturas, desde los antiguos y recientes vecinos con lo cual es doblemente fuerte la separación de intereses y lejana la convivencia en el mismo espacio, dado que consciente e inconscientemente procurando conservar intactas y aisladas entre sí determinadas prácticas, éstas casi se perpetúan sin llegar a conectarse. Así es como afuera pero al lado nomás, sucede que vecinos “viejos” y “nuevos” se desencuentran y es notable cómo desde los dos frentes y con argumentos que en cierto punto coinciden el sentido de pertenencia común deja de ser probable.
Aunque se perciba un tono gris en esta doble tendencia, regresando nuevamente a Bauman, parece tener más peso finalmente considerar que:

“…podemos ser diferentes y vivir juntos, y podemos aprender el arte de vivir con la diferencia, respetándola, salvaguardando la diferencia de uno y aceptando la diferencia del otro. Este aprendizaje puede hacerse de día en día, imperceptiblemente, en la ciudad.”


Camino al derrumbe de las fronteras

_ Vinimos desde los márgenes cercanos, pudimos irnos de las villas Zabaleta y Flores pero en vez de vivirlo desde el principio como un gran avance, acá fuimos nuevamente excluídos socialmente y observados de costado como si fuésemos extraterrestres, dispara Nahuel. Pero agrega que lo importante es armarse de una gran coraza capaz de brindar protección a los que están en edad de crecimiento, chicos y preadolescentes que pueden ser capaces de edificar pronto otras reglas de convivencia. Sabe que la indiferencia latente puede dejar cicatrices. Sin embargo, apuesta a continuar junto a compañeros de la vida, con la construcción de espacios compartidos que nacieron hace tiempo de las ganas de moldear una realidad alternativa. Así es como una biblioteca comunitaria convive con experiencias de encuentro, el Teatro “Bachín” desconoce de ridículas diferencias impuestas (no es casual) y las recreaciones para chicos, apoyo escolar, programas de alfabetización para adultos confluyen hacia un mismo logro y generar diálogo entre todos los vecinos no suena utópico. Las actividades tienden a generar hechos modificadores del entorno cotidiano, pretenden humildemente ser integrantes del motor que opera sobre las circunstancias muchas veces adversas de quienes eligen dar sentido y enriquecer el desafío. Y es que, muchas personas que se han hecho adultas a la fuerza, instalados en otro (nuevo) espacio geográfico luego de haber dejado atrás sus viviendas precarias y condiciones limitadas de vida, son verdaderos seres sabios que entendieron la lucha en común como fundamental para el alcance de lo que hoy tienen: techos propios y un mar de anhelos más cercano por cumplir. Hacer extensiva esta lucha a la comunidad toda, más allá de los límites formales e informales de un barrio urbano, en el marco del contagio de las prácticas mencionadas tal vez sea el modo simple y complejo a la vez de “…poder ser diferentes y vivir juntos…”.

Cyntia Hurtado
Bibliografía

Bauman, Zygmunt: “Vivir con extranjeros”, en Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros, Barcelona, Arcadia, 2006.

Katz, Claudio: artículo “El significado del movimiento piquetero”, en Espacio Alternativo, abril 2004. Economista, profesor de la UBA, investigador del Conicet. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Speranza, Graciela: “De límites y pasajes”, en el dossier del 2º Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano, organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, agosto 2006.


[1] Bauman, Zygmunt. “Vivir con extranjeros”.
[2] Economista, profesor de la UBA, investigador del Conicet.
[3] Bauman, Zygmunt. “Vivir con extranjeros”.

martes, 25 de noviembre de 2008

Un cuento: Caleidoscopio

Un sol brillante imponente en el cielo. Ni una sola nube. Tres de la tarde de algún día de verano. De un momento a otro me encuentro en el medio de una calle cubierta de adoquines. Miro alrededor. Hasta hace un segundo estaba en el subte, contemplando la pared gris a través de la ventana, sintiendo la calurosa brisa en la cara y viajando a cierta velocidad ¿y ahora qué? Comienzo a caminar muy despacio. A los costados se levantan hileras de casas hermosas, de fachadas rosa, lavanda, celestes... una al lado de la otra, con jardines delanteros y flores. Sigo caminando y por algún motivo un susurro me indica que siga por allí, que no suba a la vereda de la fila de casas. Yo sigo adelante, mirando hacia todas partes. El calor de los adoquines al sol traspasa la tela de mis alpargatas y comienza a quemarme de a poco. No hay nadie, sólo silencio. Un silencio tan raro como la ausencia. La ausencia de estar y no estar, de desligarme de mi propio cuerpo. Comienzo a sentirme cada vez más liviana. Siento que me elevo de una manera extraña: mi conciencia, mi alma cada vez más alto y mi cuerpo bien sujeto en la tierra caliente. Es así como de allá arriba puedo verme caminando, la cara cansada y la mirada confundida. Esa abstracción me libera. Entiendo. Ella se apoderó de mi cuerpo. Entonces el miedo aparece, la angustia de no saber, de sentir que nadie puede acompañarme.
— ¿Quién querría acompañarte?
El susurro se hizo más fuerte. Otra vez esa voz en mi cabeza.
¡Basta!
Me desespero. No quiero escucharla más. Pero más desesperada estoy, más siento que la voz se apodera de todo. Ella aparece cuando me pongo nerviosa.
— ¿Qué hacés? ¿Qué vas a hacer?
— Qué te importa.
— No ves que estás sentada sola.
— Andate.
— Si me voy, vas a quedar más sola aún.
— Lo prefiero.
— Yo te voy a ayudar.

Me di cuenta de que ya me estaba ayudando cuando su voz se apoderó de mi cuerpo, de mis manos, de mis acciones. Yo veía —desde algún lugar del aire, el cielo, el viento— cómo se movía a su antojo.
No es la primera vez que allí aparece, queriendo corregir mi rumbo, dispuesta a expulsarme, a controlar mis movimientos, a decirme por dónde andar. Camino por aquel extraño lugar, pero las piernas ya no son mías, las veo moverse al antojo de Ella. De a poco se fueron sumando los dedos de las manos, los antebrazos, los hombros, el torso. Hacía avanzar a mi cuerpo ligero mientras yo observaba, en esta abstracción que me libera de sus culpas y sus gritos. Sin aviso dobla hacia la izquierda. La calle ahora es de tierra y las casas van desapareciendo de a poco para dejar paso a terrenos descampados. Parece un sueño, pero sé que es la realidad misma. Esta realidad de la que Ella se apodera porque con la suya no le es suficiente. Y entonces Yo me convierto en una simple espectadora que ve más que lo que Ella jamás podrá ver. El sol brilla con furia y me miro los pies pensando que seguramente estarán a esta altura rojos del roce con la tierra y el calor. Mi cuerpo se mueve a un ritmo constante por aquella calle que se pierde en el horizonte. Me siento incómoda. Me siento ajena. Además ese silencio. Ese silencio me desespera. Ella aligera la marcha mientras mueve los brazos de un lado al otro. Dobla hacia la izquierda y toma un sendero oculto entre los yuyos, que comienzan a hacerse cada vez más altos. El camino ya no es de tierra sino que está lleno de piedras angulosas y miles de árboles rodean la zona. Me siento esclava de sus deseos. No tengo idea de lo que quiere hacer. Tropieza con una piedra particularmente grande y se levanta en el instante. La rodilla izquierda comienza a sangrarle. Yo no siento el dolor, y sé que ella sí pero no parece importarle. Ella piensa que es más fuerte que la soledad y la angustia. Yo sé que quiere terminar con esto pronto, a fin y al cabo a Ella tampoco le gusta mi presencia. El camino se hace cada vez más irregular, pero está empecinada en seguir avanzando, apartando ramas a su paso y clavándose espinas, dejando el dolor para después como si fuera algo que pudiera esperar. Pienso que tal vez su deseo es deshacerse de mí en este oscuro lugar. Parece que conoce el bosque muy bien, porque no vacila al caminar. Un arroyo de aguas turbias aparece en el camino el cual cruza sin pensarlo, mojándose hasta las rodillas. Entonces, detrás del gran árbol la vio. Creo que Ella la estaba esperando. Pude ver sus ojos abiertos del miedo y la emoción en el temblor de sus manos. La Otra de espaldas con el pelo castaño que caía recto hasta la cintura la esperaba. En el medio del bosque —¿acaso esto era un bosque?—, en el medio del silencio y de la búsqueda, ahí estaba. Ella se acerca lentamente hacia La Otra, extiende el brazo izquierdo en lo que supongo que es un intento de llamar a su hombro. Ahora comprendo. Siento —si esto se puede llamar “sentir”—una sensación de angustia, de terrible desesperación. Me acerco al oído, intento susurrarle que es una locura, que no queremos a nadie más, que me perdone, que no se acerque. Pero Ella es muy testaruda y La Otra esperaba paciente. No iba a poder, no tenía que poder. Un paso más y llega tan cerca que puedo sentir el olor a perfume de rosa. Con un brusco movimiento quedan Ella y la Otra mirándose de frente, con sus caras alargadas, sus ojos agudos y sus miedos a cuestas. El sol se apaga y ya no se escucha el ruido del agua del arroyo, y sé que nadie puede sentir ni el calor, ni el tacto de las piedras en los pies. Lo sé porque yo las siento desde donde estoy, porque la oscuridad no me impide ver la fusión de sus almas. El silencio le ganó a todo. La Otra ya no era La Otra. La Otra era yo, al igual que Ella. Ya no éramos dos, sino tres. Volví a sentir el calor en los pies y me toqué la cara porque la sentía distinta. Al abrir los ojos de golpe, estaba otra vez en el subte. Me incorporé un poco mareada y tambaleante, pero ningún pasajero lo notó. La gente no suele notar lo que hago, y está bien. Por lo menos (pienso mientras me bajo en la estación), y a pesar Mío, de Ella y de la Otra, ahora somos tres contra todos ellos.
Victoria Sayago

martes, 18 de noviembre de 2008

Ensayo: Mensajes urbanos

“Las paredes son la imprenta de los pueblos”.
Rodolfo Walsh


Las ciudades tienen vida propia. Respiran y luchan. Dicen y callan. En ellas converge lo múltiple y distinto. En ellas viven y sobreviven diversos individuos. Coexisten culturas y subculturas. Religiones que se toleran, se enfrentan, se repulsan.
¿Qué es una ciudad? Piedra, cemento y asfalto. Luces y colores. Autos y transeúntes. Velocidad. Misterio. Cielo e infierno. En ella hay personas que la sufren y disfrutan. Por eso está viva; aunque podría morir, quedar en la ruina, desaparecer. Pero seguramente de sus cenizas resurgiría una nueva. Mejor y peor. Diferente.
En la ciudad confluyen distintas formas de expresión. Manifestaciones a favor y en contra de lo racional, esto es, de aquello que es considerado correcto dentro de las normas establecidas por la sociedad y de aquello que es considerado incorrecto, que va en contra de lo convencional y aceptable.
“Las ciudades están llenas de sorpresas, llenas de lo inesperado, de extraños encuentros, llenas de respuestas que no esperabas a tus preguntas”[1]. Y de preguntas que no esperabas a tus certezas. En ellas hay ruidos, manchas de pinturas, gritos silenciosos. Las paredes preguntan, ironizan, susurran.
Desde la antigüedad, el hombre comenzó a expresarse en las paredes. Apenas erguido, el Homo Sapiens registró su existencia en las cuevas de Altamira. Luego fue el turno de los “pasquines” o carteles artesanales, a veces injuriantes o políticamente subversivos. Siempre anónimos. En la actualidad, los graffitis constituyen la nueva forma de manifestación no oficial. La necesidad de transmitir símbolos o mensajes parece ser inherente a la especie humana.
Fue quizás el Mayo francés, el que marcó a nivel mundial el punto de giro: el graffiti fue un arma privilegiada de combate de lo nuevo contra lo viejo. Lo que había que decir, necesitó de una nueva manera de decirlo.
Pero, ¿qué significado tienen estos mensajes en la ciudad?, ¿cómo vive la gente su presencia?, ¿constituyen una forma de expresión o un simple hecho vandálico?
El graffiti parece ser el referente de una generación que no está dispuesta a mantenerse sumisa frente a políticos y militares en los que ya no cree. Sus ideas breves e impactantes pueden ser quizás una especie de filosofía y hasta un modo de vida para los más jóvenes.
Las paredes suponen defender la intimidad y la propiedad privada. Pero los graffitis la transgreden y desnudan. Irónicos, lúdicos o futboleros, son una expresión efímera cuya esencia podría ser marcar la ciudad con un nombre propio y dejar impresa una identidad.
Tal vez constituyan una exhibición de la lucha ideológica, de las heterogeneidades existentes en la ciudad. Tal vez, sólo “ensucien” el paisaje urbano y sean pruebas de la incultura, el vandalismo y de la degradación edilicia, como sostienen muchos.
Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de graffitis?


Su aparición en América data del período posterior a la conquista de México-Tenochtitlan. En Argentina, se desarrollaron vertiginosamente entre los años ’60 y ’70; pero la sangrienta dictadura del ’76 fue aplacando sus voces. Ya con la restauración democrática reaparecieron e ironizaron sobre lo sucedido durante esos años. En las calles se dejaban leer frases como “Vos no desapareciste, por algo será” o “Los argentinos somos desechos humanos”.
Sin embargo, los mensajes políticos e ideológicos no son los únicos que suelen verse. Existen los denominados “tags” que consisten en firmas estilizadas, las “bombas” que son una especie de letras rellenas y los “sténcil” que son los clásicos moldes. Últimamente han crecido en cantidad los “murales” que son los más elaborados y creativos. Los mensajes de amor no suelen ser la excepción. Como se ve hay para todos los gustos, y disgustos. La expresión a través del graffiti es un comportamiento social, político, artístico, plástico y creativo, en el que se intentan plasmar mensajes urbanos.
Pero, ¿qué quieren decir?
Generalmente la “lectura” de estas expresiones requiere de un esfuerzo importante de interpretación, esto se debe a que además de una fuerte carga simbólica, refieren a procesos históricos y políticos puntuales e incluso utilizan lenguajes muy específicos.

Calle Guemes,
Bs As.
Si como sostiene Mario Margulis, la ciudad es un jeroglífico, un enigma a descifrar y preguntarse por su cultura es indagar en los sistemas significativos y expresivos, los graffitis quizás permitan detectar las tensiones existentes entre los habitantes de las megalópolis modernas.
¿Cómo reaccionan los ciudadanos ante ellos? Muchos deciden ignorarlos. Tal vez esta conducta responda a un mecanismo de defensa para centrar la atención sólo en lo socialmente permitido. O tal vez, estas personas son tan estructuradas y autómatas que no los pueden ver; sus ojos sólo son capaces de leer lo oficial y sus cerebros se mantienen entumecidos.
Un porcentaje importante de la gente considera que sólo ensucian las paredes. Idea estimulada usualmente por los miembros del gobierno de turno y por los medios masivos que monopolizan la comunicación.
Un grupo minoritario de personas interactúa con ellos. Mantiene un diálogo mudo que consiste básicamente en realizar comentarios sobre lo ya existente. Ellos son los ciudadanos atrevidos. Lo cierto es que esta expresión estética que crece de manera silenciosa, y que genera amores y odios, tiene algunas características específicas.
El graffiti se asocia a la marginalidad, porque no se encuadra dentro del marco legal y oficial de la comunicación; porque propone una ideología diferente. En general, el artista se mantiene en el anonimato y su creación es espontánea y veloz.
Esto podría hacer pensar que tal vez lo más irritante de estos mensajes, es que constituyen la voz de los excluídos. Las paredes parecen darles el lugar que el sistema les niega. Parecen darles la posibilidad de expresarse, quejarse, divertirse.
Entonces es probable que molesten, pero no por sí mismos; quizás cada nuevo graffiti indique que los oprimidos siguen sin querer resignarse, siguen entre nosotros y se manifiestan como pueden. Pero no se callan. Sus voces son los aerosoles y las letras que estos dibujan; y a través de ellos, transforman las paredes en telegramas gigantes y anónimos.
Calle Sarmiento, Bs As.

(“Vivimos la resaca de una orgía en la que nunca participamos”)
Mientras en Argentina se busca la forma de acabar con ellos y paradójicamente aparecen en el frente de los edificios inscripciones institucionales con la frase: “Prohibido fijar carteles o inscribir leyendas”; en Brasil parecen tomarse las cosas de otra manera.
En la ciudad de São Paulo, el gobierno invirtió en graffiteros, entre estudiantes de artes plásticas hasta gente de clase baja que vive de eso, pintando túneles de la ciudad, o paredes de puentes y diversos lugares no pertenecientes a edificios públicos. Además, muchos vecinos los contratan para pintar la fachada de sus casas.
Ahora bien, cuando el graffiti es asimilado por el ambiente social o resulta funcional al poder, ¿no comienza a debilitarse?, ¿no carece de sentido? Acaso, ¿no es por naturaleza contestatario? Tal vez resulte más interesante que siga siendo trasgresor y que sus fieles deban ocultarse de las leyes de un sistema que no integran, que los mantiene al margen.
En la antropología y en la historia del arte suele considerarse al dibujo de símbolos y la representación de objetos y animales como una manifestación anterior a la transformación de una cultura oral en una cultura escrita. El graffiti, tal vez por su simplicidad, la necesaria brevedad de sus trazos, la imprescindible síntesis del texto, su impacto visual directo o su libertad de diseño, parece muchas veces conservar algo de aquel espíritu primitivo dónde la forma, el ritmo y el color se unían para transmitir un significado. ¿Por qué cada vez se critica más algo que es tan antiguo como el hombre?, ¿será acaso que los mensajes anónimos cada vez cuestionan más el orden existente?, ¿será que la gente prefiere no pensar? Tal vez las personas escapen de su realidad para poder soportarla, y los graffitis cumplan la función de devolverlas inevitablemente al lugar del que quieren huir.
Es verdad que uno prefiere las paredes de sus casas limpias. A nadie le debe gustar salir a la calle y ver los muros escritos. Pero cuando uno viaja en colectivo y a través de las ventanas lee frases como “el orden de los plátanos no altera el licuado” ó “de tal palo, tal chichón”, ¿no se le dibuja una sonrisa en el rostro más allá del estrés y las obligaciones que lo agobian?, ¿esos mensajes no rompen un poco con la rutina de nuestros días?
“La urbe programada para funcionar, diseñada en cuadrícula, se desborda y se multiplica en ficciones individuales y colectivas. Esta distancia entre los modos de habitar y los modos de imaginar se manifiesta en cualquier comportamiento urbano” sostiene García Canclini.
Así lo estipulado de antemano en la ciudad choca con la improvisación de sus habitantes, que descomprimen el lugar en el que viven y le dan un toque fresco, nuevo, diferente.
Ponerse de un lado o del otro, es ver las cosas de un modo simplista. Puede ser molesto ver las paredes escritas, pero no parece ser un gran delito marcarlas. Tal vez pensar que esas personas utilizan los aerosoles para rebelarse, pedir atención o expresarse pueda significar un paso hacia delante en la búsqueda de comprender, o al menos de aceptar al otro. Y parece ser que hay personas adelantadas, pioneras en el intento de volver menos “ilegal” el uso de manifestaciones no oficiales.
El homenaje máximo al graffiti, lo brindó Horacio Fontova quien a mediados de los '80 escribió una canción donde el aerosol era el protagonista y hablaba en primera persona:
"Cuando todos callaban, yo era el único que hablaba, por mi pico se cantaron, mil leyendas de la calle".
Actualmente, varios artistas plásticos se dedican a producir murales callejeros, con aerosol u otras técnicas en muchas zonas de la ciudad. Se destacan las obras de Alfredo Segatori, firmadas con el seudónimo de “pelado”, que exhiben “okupas”, trabajadores que recuperan empresas quebradas, cartoneros y otras temáticas sociales.
Tal vez, todo sea cuestión de integrar al sistema a estas personas con alto nivel creativo. Darles la chance de expresarse en ámbitos “más adecuados”. Tal vez haya que limpiar las paredes y castigar a quienes las ensucian, para tapar con pintura un problema más profundo.
A modo de conclusión es interesante resaltar que los graffitis actúan rompiendo las pautas publicitarias permitidas, enfrentando la moral dominante. Son siempre un intento por socavar simbólicamente el orden establecido.
Parece ser que esas manos que escriben y dibujan sin parar, no encontrarán paz mientras haya una razón que las inquiete.
¿El graffiti no es arte urbano, callejero? Cuando uno va a museos y admira cuadros de Dalí y Manet, ¿no admira esa capacidad de expresar y conmover, de cuestionar y crear?, ¿por qué no admirar también arte no convencional, contestatario? Los grandes artistas, ¿no comenzaron rompiendo con lo establecido? Acaso los graffiteros, ¿no pueden ser los artistas de todos los siglos aún no reconocidos?
Las manifestaciones artísticas novedosas gozaron desde siempre de numerosos adeptos pero también de gran cantidad de detractores, y los ejemplos de esta ambigüedad son por demás elocuentes y numerosos en la música, la pintura, la escultura y el arte en general.
Quizás en un futuro no tan lejano sean valorados y la gente comience a preocuparse por cosas verdaderamente indignantes, como la explotación sin límites de los más pobres, las mentiras aberrantes de los gobernantes, el hambre en el mundo, o los miles de jóvenes que nacen sin futuro cada día y que engrosan las estadísticas de la delincuencia.
“Así como no existen personas pequeñas ni vidas sin importancia, tampoco existe trabajo insignificante”[2]. Tal vez estos mensajes urbanos sean más importantes de lo que creemos.

Marisol Andrés

[1] John Berger, “Composición de lugar”.
[2] Elena Bonner.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La muñeca de tanatos

Eran las seis, faltaban veinte minutos para que él llegara, los nervios la invadían. Después de tantos años era un gran paso. Pero, ¿estaba haciendo lo correcto?
A pesar de las discusiones que podía tener, él era su vida. Su primer amor, su compañero de vida. Pero, ¿él era el compañero de vida que realmente se merecía? Sentía que el estómago se le estrujaba, que iba a vomitar en cualquier momento, una vez tomada la decisión sabía que no podría volver atrás. Si se iba nunca más podría ni pisar ese barrio y más conociéndolo a Jorge, se iba poner muy violento.
Empezó a mirar la casa, lo delicada que era, combinación de blanco y negro. Los sillones blancos que les había regalado la mamá de Jorge para su casamiento , la mesa de hierro negro y vidrio , los cuadros que había elegido ella. Pero la vista se volcó a una muñeca que tenía en el estante superior del modular donde estaba la televisión, era de porcelana y medía unos setenta centímetros. ¡Esa muñeca! ¡Claro no podía estar ni un minuto más en esa casa! Desde el noviazgo él siempre había sido igual ¿Cómo pudo haber estado tan ciega? ¡Ya no quería soportar tantos maltratos! Él no se la merecía.
El objeto la remontó a su primera gran pelea, a los cinco meses de estar saliendo, ella había decidido ir a la casa. Los padres de él estaban de viaje y la había invitado a cenar. Se lo había dicho a la mañana y ella muy emocionada había estado esperando todo el día que la llamara para arreglar la hora. La llamó a último momento, pero ella fue igual. Cuando llegó encontró una carta de una chica, iba a estallar en celos y empezaron a discutir. Él no había podido creer que ella sospechara de que pudiese ser infiel. Se había puesto muy violento y había empezado a pegarle a la puerta y gritaba más y más. Nunca se había sentido tan desprotegida, tan perdida, tan desestabilizada. A la semana se había arrepentido y le había regalado esa muñeca que todavía conservaba.
Siguió mirando su confortable comedor y siguió recordando. El principio de su noviazgo había sido raro. Siempre habían peleado mucho, al principio eran peleas tontas. El se enojaba mucho pero a ella le gustaba él, y más cuando se enojaba. Parecía un nene y a ella le divertía desenojarlo. No se tomaba en serio sus enfados, le parecían un juego.
Igual la decisión estaba tomada, nunca había sido el marido perfecto. Definitivamente no se la merecía. Era un mal esposo. ¡A veces hasta lo mataría! Recordó una vez, cuando estaban de novios, en el que ella se había negado a ir a verlo jugar al fútbol. Él había empezado a gritarle a decirle que ella no era la mujer con la que quería estar, que en realidad nunca la había querido. Recordó lo que esas palabras la habían lastimado. Él siempre la había hecho llorar, pero cuando la abrazaba sentía que el tiempo se detenía., que nada mas importaba. Él la abrazaba como nadie, él la tocaba como nadie pero también la hacia sufrir como nadie.
Agarró sus cosas apurada, casi no podía respirar de los nervios que tenía, se apresuró hacia la puerta, la abrió y ahí estaba él con un ramo de flores. Rápidamente dejó las valijas atrás de la puerta, lo vio y lo abrazó. En ese abrazo sintió todo el amor que siempre le había tenido, tantos momentos juntos, no podía dejarlo, ella sabía que la amaba. Lo miró a los ojos y vio todos los momentos en el que la había cuidado, la había defendido, la había apoyado cuando algo no le salía algo, la había cuidado cuando estaba enferma. Esos ojos que la habían enamorado. Y si algo sabía era que ella era la única mujer de su vida. Jorge estaba de muy buen humor.
- Mi amor, tengo una gran noticia, me ascendieron, soy vicepresidente de la compañía.- dijo él.
- Felicitaciones ¡Después de lo que lo esperamos! Te voy a hacer una comida muy especial- respondió
Ella estaba muy feliz, fue a la cocina y se percato de que en su plan de huida no había ido a hacer las compras. Pero Jorge había ascendido, se merecía una rica comida. Empezó a ver que era lo que tenía, fideos tomates, zanahoria, una cebolla y bueno se las iba a ingeniar para hacer fideos con una buena salsa. No sabía si hacía lo correcto pero realmente tampoco quería hacer lo mismo que su madre, seguro habría otra solución. Recordó las interminables peleas entre sus padres que terminaban con su madre en el piso, y el cruel recuerdo de su madre abandonándolos cuando ella tenía doce años. Tenía latente la imagen de ella la noche anterior a que partiera. Jugando a espiar a su madre se puso a mirar como cocinaba. Observó muy atentamente, ella estaba poniéndole veneno para ratas a la comida del padre. ¡No lo podía creer! Trató de escaparse de ver tal situación, pero resbaló. La madre la escuchó, la miró y en un ataque de nervios, llorando tiró la comida a la basura. Al día siguiente huyó de la casa. Nunca entendió por qué su madre había tratado de envenenar a su padre , si bien a veces él era violento , era solo cuando se enojaba, el resto del tiempo era muy cariñoso con ella y la quería mucho.
De pronto volvió a su realidad, escuchó que su marido cortaba bruscamente el teléfono. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
- ¡¿No pusiste la mesa?!
En ese momento se bloqueó, sabía lo que pasaría. Era como si los gritos ya predicaran lo que vendrían. El miedo no la dejaba hablar. Era inminente ¿Para que responder? Se iba a poner peor. Solo por no haber puesto la mesa. Capaz que tendría que haberla puesto antes. Y la vista se nubló.
Se despertó en el piso, como tantas veces. Se sentía sucia, como tantas veces .Se sentía desprotegida, desestabilizada, como tantas veces. Quería irse pero sentía una fuerza interna que no la dejaba tomar la decisión. No quería repetir la huida de la madre. El iba a cambiar, ella sabía que la amaba. No tenía la energía para pararse. Miro a su alrededor y pese a ella recordó todo lo que no quería recordar, el aborto que la había obligado a hacer. Tenía el recuerdo presente, de antes de terminarse de dormir por la anestesia, él con su madre en la esquina de la habitación mirándola. Claro que según ellos era por su bien. Nunca los había culpado, pero le dolía el alma cada vez que lo recordaba. No podía levantarse le dolía todo, lo odiaba. Igual no podía evitar pensar que capaz ella tenía algo de culpa, cuando escuchó a Jorge hablando por teléfono.
- Sí, mi amor ahora voy para nuestro lugar, pero te dije que no me llames a casa. Sí… que ella puede darse cuenta… Si te dije que esta enferma pero cuando se cure la voy a dejar.
¿Una amante? Después de todo lo que ella lo había cuidado, que había dejado su vida por él. ¿Así se lo agradecía? ¿No se cansaba de lastimarla? ¿Qué clase de persona era? ¿Cómo era capaz de actuar así? De repente la energía le volvió al cuerpo, la furia la desbordaba, no podía manejala, no podía pensar en tranquilizarse, la situación se le iba de las manos ¡Era una basura! Miró la muñeca de porcelana, la agarró, fue al cuarto donde estaba el teléfono… Jorge dejaría de ser su obsesión.
Casandra Hojman

Cual falso suspiro

Gladys agarró la olla oxidada con los fideos y la llevó a la mesa. Su cara aún estaba seria. Ni la carta de bienvenida que le había escrito Luisa pudo hacerla olvidar un poco de lo que había vivido semanas atrás. Osvaldo también estaba raro. Ni palabras se escuchaban. Y cumbias, menos. Sólo el llanto de la Margarita, haciendo eco en la inmensidad del desconsuelo. El hombre la levantó en brazos y la llevó a la mesa. Dio un grito hacia la puerta de chapa para el Pablito, la Marta y la Onelia, que estaban jugando en la tierra de la casilla de al lado. Se acercaron a la tabla.

- ¡Coman chicos! –levantó la voz Osvaldo al ver a los nenes sentados sin mover su tenedor.
- Pero mamá no tiene comida- dijo el Pablito mientras miraba fijamente a Gladys que se sonaba la nariz.
- Después me voy a tomar un tecito, mi amor, así duermo mejor a la noche. Estoy muy cansada. Coman ustedes, está rico.

Calle empedrada. Casas con puertas de madera. Paredes descascaradas. Descoloridas. Descuidadas. Un silencio inmenso por toda la cuadra. Quizás, algún que otro auto asustaba con el ruido del motor. Ya a las siete de la tarde la gente se encapsulaba en su hogar para evitar la oscuridad, pues los palos de luz no daban luz. En el medio de la cuadra, se veía una puerta color ocre, despintada. Con un escalón antes. No tenía manija. Ni se veía ningún botón que simulara un timbre. Oscar dio un portazo al bajar de la Ford Eco Sport y se acercó al semicírculo de personas que lo estaban esperando en la puerta ocre.

- Disculpen la demora, ¿viajaron bien?
- Sí don, ¡hasta tomamos mate después de cruzar la frontera! – se vio a Gladys con una sonrisa que cubría casi toda su cara, mientras tenía de la mano a Osvaldo.
- Me alegro. ¡Vieron que ricos mates hace el negro! – el hombre se rió a viva voz y contagió su alegría a las diez personas.
- Bueno, –continuó Oscar- ¿qué les parece si vamos a conocer su nuevo ámbito? Muchachos ustedes sigan al negro que van a entrar a este portón. Chicas, vengan que les presento a sus compañeras.
- Sí, vamos. Le dejamos los documentos a él, don. Nos dijo que acá en Argentina los DNI con residencia en La Paz no tienen validez.
- Así es. Muy bien. ¡Qué aplicada Gladys, vas a laburar bien, me parece!

Gladys abrazó fuerte a Osvaldo, sosteniendo con su mano la cabeza. Se mantuvieron en la misma posición por unos minutos, sin decirse nada.
Oscar sacó las llaves de su pantalón de jean y abrió, ayudado por un golpe, la puerta de madera. Ya al subir las escaleras se veía oscuro. Se escuchaban ruidos. Uniformes. Constantes. Intensos. Algunos, coordinados; otros, a destiempo. Gladys terminó el último escalón y levantó la cabeza con intriga. Superficie pequeña, pero bien aprovechada. Mesas por todos lados. Cada mesa tenía una máquina de coser; y también, una mujer sentada con un retazo de tela en la mano. Todas mirando hacia abajo. Sin distraerse ni un poquito. Parecieron no inmutarse por la llegada de las nuevas compañeras. Eso, a decir verdad, había sorprendido a Gladys.
- Bien, este es tu lugar. Va a ser como tu hogar, no te vas a sentir invadida por nadie. Estos son los moldes que tenés que usar. Cada dos días pasaré a buscar una partida. Cualquier duda, consultame. ¿Querés preguntarme algo?
- No, patrón. Está todo comprendido- expresó con voz segura Gladys, seguida por las otras cuatro mujeres.
- Bueno. Cualquier duda, les dejo mi celular en este papel. Va a salir todo bien, quédense tranquilas que van a aprender enseguida. Es fácil. Yo sé que lo van a hacer con ganas. Las veo bien predispuestas.
- ¡Gracias!- se escuchó a coro.


Gladys empezó con un ritmo lento pero, con el paso de los días, había adquirido la práctica a la perfección. Ya lo hacía mecánicamente. Con ganas y expectativa. Su buen humor era constante. A decir verdad, los llamados telefónicos a su casa la revitalizaban. Eran como su cable a tierra. Y ni hablar de cuando lo veía a Osvaldo en los ratos libres. Mientras, ella seguía: cortaba la tela, enhebraba el hilo, cosía. Cortaba la tela, enhebraba el hilo, cosía. Sabía que iba a traer sus frutos. Sabía que iba a ser el futuro para los críos. De a ratos le nacía un lagrimón.
Había oscurecido por completo. Las lamparitas, que parecían haber sido colgadas con desgano, permitían seguir cosiendo. Una prenda. Otra. Lo mismo con una. Lo mismo con otra. Cortar la tela, enhebrar el hilo, coser. Y así pasaban las horas.
La verdad era que Gladys, después de unos días, ya se sentía como en su casa. Había un buen clima entre todas las mujeres. Hasta se enteró que algunas vivían en barrios cercanos de Bolivia. El patriotismo se le desbordaba. Compartía temas recurrentes de charla a medida que comía alguna que otra cucharada de arroz con sal. Ya se había acostumbrado al ruido intermitente, ahora podía hacer tres cosas al mismo tiempo, sin descuidar ninguna. Por eso también estaba contenta; se sentía más ágil.


Ya había pasado un mes, por ende, su primer sueldo estaba en la mira. Cada ruido de puerta que escuchaba, la alarmaba. Pero ninguno había sido producido por Oscar, hasta este:
- ¡Buenas noches, chicas! ¿Comieron?
- Sí, patrón.
- Mejor, mejor. Están alimentaditas – sonrió el hombre.
Las chicas asintieron con confianza.

- Juana, Lucrecia, Gladys, Ernesta, Paulina, ¿pueden acercarse? Tengo algo para ustedes. Han trabajado bien.
Las cinco se miraron con una sonrisa inocultable.
- Este es su primer sueldo, chicas. Las felicito. Cumplieron con el número de piezas solicitadas. Se las notó muy responsables. Pero hay un pequeño problemita, obviamente no tiene nada que ver con ustedes porque hicieron una tarea fascinante, que tiene que ver con mi liquidez. Estoy un poco ajustado con algunos asuntos, está decayendo el trabajo. Por esto, no van a cobrar trescientos dólares, pero el mes que viene seguro va a haber una diferencia a favor de ustedes. ¿Me pueden disculpar?
- Sí, – se escuchó una voz en nombre del conjunto- lo vamos a bancar, queremos trabajar.
- Gracias, chicas. Ya las voy a recompensar.

Gladys volvió a su rutina habitual. Pero ahora con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Tenía unos billetitos para darle comida rica a los críos cuando volviera! ¡Hasta podría comprarles un queso! ¿Y Luisa? Podría llevarle un mate. ¡Qué feliz se iba a poner! Ella había deseado siempre uno hecho en Buenos Aires. Además, se lo merecía. Cuidar a cuatro chicos y pagarles la comida no era cosa fácil. Una gran hermana le había tocado. ¡Colchones! Dio un salto, abriendo los ojos bruscamente. ¡Podría comprar un colchón para cada uno! Una sonrisa inundó su cara. Con el sueldo de unos meses más iba a poder hacer todo. Era un sueño ya, y todavía faltaba bastante. Además, se la veía canchera con el tema de la costura. Ya el sueño no era problema. Permanecía tardes sin inquietarse y, cuando llegaba la noche, había horas en las que ni siquiera bostezaba. Eso le hubiese costado mucho si no se hubiera adaptado a las lamparitas pobres que pintaban los días. Los rayos de sol eran deficientes.


Y los días seguían pasando. Cortar la tela, enhebrar el hilo, coser. Cortar la tela, enhebrar el hilo, coser. Un lunes, tres hombres llegaron en un camión y subieron a la habitación dos máquinas de coser más. A Gladys se le vino a la mente la charla con Oscar de hacía unas semanas. ¿Cuando hay trabajo ponen más máquinas o al contrario? Mejor dejar de preocuparse por cosas que no eran suyas. El tipo le había pagado y eso era suficiente. Cuando quiso dejar de pensar, se encontraba sentada, con un retazo de tela blanca en sus muslos, sin hacer nada. Sus manos, con las palmas hacia arriba. Y la máquina, expulsando ese ruido intermitente. Se apresuró al ver que la luz natural se diluía en la habitación opaca. Un portazo la focalizó nuevamente en su trabajo. Cortar la tela, enhebrar el hilo, coser. ¿Para quiénes eran esas máquinas nuevas? Si estaban las personas justas. ¿Entrarían más chicas? La idea la sorprendía un poco, pero también la ponía contenta; ahora ella sería una de “las antiguas” y podría aclararles dudas a las demás. Efectivamente fue así: cinco chicas jóvenes. Algunas de su ciudad, según se enteró en la charla. A Gladys le cambió el panorama. Hasta podía determinar el dial de la radio vieja que estaba arriba del estante. Casi siempre ponía las cumbias colombianas que le hacía escuchar Osvaldo en su casa. Esta vez estaba un poquito más lejos – unos escalones- pero era como si compartiera los platos de arroz con él. La interconexión existía, aunque ayudada por unos mates amargos en los ratitos entre una partida y la otra. A medida que pasaban los días, no evitaba extrañar su casa, a los niños más que nada, pero también sentía que estaba en un lugar donde su trabajo era gratificado, y donde esa gratificación serviría para un futuro seguro. Y encima, tenía a Osvaldo a sólo unas puertas. No podía pedir nada más.

Eran las cinco de la tarde de un jueves. Gladys escuchó la puerta de calle y enseguida torció la cabeza hacia la escalera. Una breve sonrisa se dibujó en sus cachetes tostados. Sí, tenía que ser él. Pasos de hombre eran, sin duda. No podía ser ninguna compañera. Quizás, vendría a pagarle el mes y algunos billetitos más, atrasados. Él parecía responsable y se lo vio muy afligido cuando le explicó que no podía hacerlo a tiempo, seguro se habría quedado con culpa.
- Chicas, muy buenas tardes. ¿Cómo andan?
- Bieeen – se escuchó un coro femenino, mientras seguían con la mirada puesta en su retazo de tela.
- Mejor así. ¡Bien Marta con eso, eh, vas tomando dinámica!, ¿y vos, Grace, hablaste con tu amor extrañado?- expulsó una risa cómplice.
- ¡Sí! Ayer. Dijo que por casa andan todos bien. La chula se lastimó la rodillita pero la vecina lo está ayudando a pasarla. Así que, bien.
- Perfecto. Ese hombre te quita el sueño. Si querés que tome algún tipo de iniciativa para incorporarlo al taller masculino, sólo tenés que decirme. Sabés que no hay problema, además hace falta personal.
- Listo. Gracias, don.

La intuición de Gladys, evidentemente, había fallado. Se quedó pensativa por unos minutos pero después, algunas palabras de Oscar lograron incluirla en la charla.
- Gladys, antes que me olvide. Vení un segundo.
- Sí. Dígame, patrón – se acercó tímidamente, despacio.
- Yo te debo un mes y algo. Te lo voy a pagar, quedate tranquila, estoy con complicaciones ahora. Te prometo que te voy a pagar el doble.
- Bueno, le agradezo mucho. Pensé que era por otra cosa. Tenía miedo de tantas cosas. Vio que uno piensa lo peor siempre. Y más que ví chicas nuevas. Me desesperé. – se rió Gladys.
- ¡Ay, mujer! Estás chistosa hoy.
Gladys suspiró profundo. Su corazón, para su sorpresa, volvió a latir en su ritmo habitual. Ya vendría el sueldo. Sólo debía confiar en su promesa. ¡Iba a recibir el doble! Eso sí que iba a ser mágico. Hasta quizás, con esa plata, podría comprar ropita para la Margarita. Valía la pena esperar. ¿Valía la pena esperar?
Los días y las noches se turnaban para verla esperar. Ella seguía en el mismo lugar, de la misma forma, aunque cada tarde, con menos ilusión por escuchar esas pisadas pesadas sobre los escalones. Había preguntado por él varias veces, pero los muchachos que iban a retirar las partidas parecían no saber nada. Ya él ni se aparecía por el lugar.


El agua ya estaba hirviendo. Gladys agarró el paquete de fideos abiertos de adentro de la alacena y los echó a la olla oxidada. Osvaldo estaba sentado en la mesa. Callado. Ya en un ratito tendría que llamar a los chicos, que estaban jugando en la tierra de la casilla de al lado. En ese momento, la Margarita empezó a llorar.
Carla Yamila Bleiz

martes, 11 de noviembre de 2008

Una larga esperanza

La encontró como todos los días, con los ojos cerrados, su cara relajada y acostada en la cama boca arriba, como esperando que él llegara y le diera un beso en la frente. Las flores que le había dejado el día anterior sobre la mesita de luz, al lado de la foto del casamiento, todavía no estaban marchitas. Pero, igualmente, él le llevó jazmines, las favoritas de María José, que hacían juego con las sábanas y las cortinas blancas. A decir verdad, todo allí era blanco.
Hacía cinco meses que Luis iba al hospital todos los días a ver a su esposa que había tenido un accidente y, como consecuencia, había caído en un estado vegetativo que parecía irreversible. Ella era la única persona que tenía Luis en su vida. No contaba con más familia. Desde el día en que ocurrió el accidente de María José, gastó en poco tiempo todos sus ahorros en medicamentos y en la internación de su esposa.
Luis era un tipo flaco que fumaba como un escuerzo debido a sus crisis de nervios crónicas. Comía realmente muy poco, por un lado porque se le había ido el apetito y, por otro, por la pobreza en la que vivía. Durante mucho tiempo trabajó de changuitas para pagar las cuentas de su departamento, pero cuando empezó a pasar más tiempo en la clínica, se la rebuscó para trabajar ahí. Todos los días baldeaba los pisos, lavaba los baños y cambiaba las sábanas de las salas. De esa forma, mataba dos pájaros de un tiro: ganaba algo de plata y pasaba más tiempo cerca de su esposa.
Siempre usaba unos jeans claros, muy gastados, una remera negra que tenía algunas manchas de lavandina y unas zapatillas un poco rotas. Luis era muy creyente. Todas las semanas iba a un santuario del gauchito Gil que con sus propias manos había construido, con ayuda de su suegro Jorge, que había fallecido hacía dos años. Tenía un gran aprecio por él. Había sido el padre que nunca tuvo. No sólo le abrió las puertas de su casa, sino que le contagió su devoción por el Gauchito. Luis se había criado en el barrio obrero de Valentín Alsina y no había terminado el primario. Leer y escribir le costaba mucho, por eso, las veces que compraba el diario en la estación de Villa Caraza, donde vivía con María José, le pedía a ella que lo leyera.
El día que María José entró de urgencia en el hospital, estaba de guardia el doctor Jorge Hernández, quien la atendió durante esos cinco meses. José, al pasar tanto tiempo allí, tomó confianza rápidamente con él, y le contaba todos sus problemas. El Doctor le daba consejos para que María José se despertara más rápido. Le decía que le llevara música, que le hablara. Así, Luis pasaba horas hablándole de todas las cosas que sucedían en la clínica y de cuánto la extrañaba. La contención del médico fue vital para Luis durante esos meses. Tanto así era, que lo comparaba con el papá de María José. “Mi suegro se llamaba igual que usted doctor y tenía un corazón de oro, como el de usted”, solía decirle Luis al Dr. Hernández.
El doctor siempre estaba con papeles en la mano y los anteojos colgados en el bolsillo del delantal. A Luis le daba curiosidad que siempre estuviera tan cargado de escritos, pero la explicación de Hernández parecía sensata. “Son investigaciones sobre enfermedades como la de su mujer que me llegan del exterior. Es que todos los días aparece algún tratamiento nuevo y uno no puede quedarse estacando, ¿me entiende?”
Fue así como una tarde le comentó a Luis que en Estados Unidos había aparecido un tratamiento para que personas en estado vegetativo volvieran a despertarse en poco tiempo. El único problema de ese tratamiento era el costo bastante elevado, algo que Luis no podía solventar de ningún modo.
- Pero Dr.Hernández, ¿en Estados Unidos? ¡Yo ni loco puedo pagar eso! ¿Cómo voy a hacer?
- Mire, no sé bien el costo, pero es cierto es un precio elevado. Sin embargo, estuve hablando sobre su caso con un amigo abogado. Él me dijo que si usted tenía alguna prueba o si conocía a alguna persona que haya estado en el momento del accidente, se podría hacer un juicio contra el que atropelló a su mujer.
- ¡¿Un juicio?! ¿Para qué?
- ¡Imagínese! Lo puede demandar por daños y perjuicios y seguro que por más cosas porque atropellar y abandonar a la víctima es muy grave y la justicia lo toma muy en cuenta. ¿Conoce a alguien que haya presenciado el accidente?
En ese momento, Luis recordó que el canillita del barrio, Darío, la mañana del accidente estaba vendiendo diarios en la esquina de Deán Funes y Primero de Mayo, a tres cuadras de la estación de Caraza. De hecho, él fue quien le avisó por teléfono a Luis sobre la tragedia. Quizás, de ese modo, encontrarían al que atropelló a María José.
Sin perder tiempo, el doctor Hernández le presentó a Carlos Martelli, un joven abogado que le prometió hacer lo imposible para encontrar al responsable del accidente de su esposa y hacerlo pagar peso por peso los costos de la internación y por los perjuicios ocasionados. “Pero no se ponga ansioso que los tiempos de la justicia son lentos.”, le remarcaba el abogado a Luis. Y él suspiraba, angustiado, pensando en lo lejos que estaba ese tratamiento.
Luis no entendía de temas judiciales ni le interesaban. Se limitó a buscar a Darío y a pedirle que fuera testigo de la causa. Por eso, Martelli se ocupaba de los temas legales y de los trámites burocráticos. En muchas ocasiones, Luis y Darío acompañaron a Martelli a distintos juzgados y los dos declararon varias veces sobre la mañana del accidente. Darío aportó datos muy útiles ya que se acordaba del modelo del auto y las letras de la chapa, que eran las de sus iniciales.
Pero a pesar del esfuerzo del abogado, los días pasaban y no había muchos avances en la causa.
- Ay gordita –le decía a María José– si supieras lo que es estar despierto. Hace tanto que empezamos buscar al hijo de puta que te dejó así que ya ni me acuerdo cuándo fue. Pero te prometo, por el Guachito que me dio más de lo que me sacó, que lo vamos a encontrar y va a pagar. Y vamos a ir hasta la Luna para que te despiertes y estés al lado mío como siempre. Te amo mucho, gordita, nunca te olvides de eso.
Luis le contaba todas las novedades a su esposa, entre llantos y besos, hasta que por fin una tarde, Martelli apareció en el hospital.
- ¡Lo encontramos, Luis! El fiscal lo ubicó porque todavía tiene el mismo auto con la misma chapa.
Luis se quedó perplejo, con la boca abierta y sin poder gesticular.
- ¡Póngase contento, hombre! En poco tiempo le aseguro que sale el juicio.
Dicho y hecho. A los tres meses Martelli fue de nuevo al hospital para contarle que el veredicto había salido y que el responsable del accidente de María José tendría que pagar 70 mil pesos. Y Luis no lo podía creer. “Esto es gracias al gauchito”, repetía. Y lloraba sin hacer ningún ruido. Ya no sentía bronca por lo que le había ocurrido, era resignación. Pero lo del tratamiento le había devuelto las esperanzas y las ganas de vivir.
A la semana de la noticia, Martelli lo citó a Luis en su despacho para firmar unos papeles para que, finalmente, obtuviera la plata del juicio. Luis trató de leer el primer papel, pero le costaba mucho. Se acordó de cuando María José le leía el diario en el tren y sonrió levemente. Sin dudarlo, firmó todos los papeles y le dio un fuerte abrazo a Martelli. “No sabe lo que significa esto para mí”, le dijo entre lágrimas.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, Luis estaba de punta en blanco –vestido con unos jeans y unos zapatos que Darío le había prestado– en Tribunales, donde lo había citado Martelli. Luis había pedido el franco en el hospital, pero le dieron sólo un par de horas. Esa mañana se fumó el paquete entero de cigarrillos mientras esperaba al abogado que no llegaba. Cuando la espera se hizo muy pesada, una crisis de nervios lo empezaba a invadir, y se dio cuenta de que llegaba tarde al hospital para volver al trabajo. Así que pensó que antes debía hablar con el Dr. Hernández.
Estaba a dos cuadras cuando escuchó el ruido de una sirena y un patrullero de la Policía Federal yéndose muy rápido. La gente en la puerta se aglomeró de pronto y los efectivos no dejaban entrar a nadie. “Déjenme pasar, yo trabajo acá”, gritó Luis y se abalanzó sobre los dos policías que estaban en la puerta. Adentro, el hospital estaba revolucionado.
- Yo sabía que escondía algo ese Hernández. Siempre tanta dedicación a los pacientes… Por algo tenía que ser.
- Y claro, Rosa, si así se ganaba la confianza de los familiares para que después soltaran la plata.
Luis no creía lo que escuchaba. Intentó acercarse a las enfermeras que comentaban todo tipo de cosa, pero entre el alboroto sólo llegó a escuchar que se habían llevado preso al Dr. Hernández. Y no quiso escuchar nada más, porque pudo imaginar el resto.
Subió corriendo las escaleras y entró a la sala apurado para verla. Ahí estaba María José con los ojos cerrados, sus facciones relajadas y acostada boca arriba. La abrazó, como nunca antes la había abrazado, y se largó a llorar como un chico. Luis sólo pensaba en ese tratamiento que ahora era imposible y un sentimiento de culpa lo envolvía. “Perdón, gordita, perdón”, le susurraba mientras le besaba la cara con sus labios mojados. Pero no se dio cuenta de que sus lágrimas se confundían con las de ella que, lentamente, comenzaron a rodar por sus mejillas.
Noelia Fuksbrauner