sábado 17 de diciembre de 2011

Cuento: Temores

Llegué temprano, quince minutos para las siete. Dudé al abrir la puerta blindada de la entrada. Pero respiré hondo y entré. Caminé por un gran pasillo que me llevó directo a una sala. Las paredes eran de color gris, al igual que las sillas, que el techo, que la alfombra, y hasta el teléfono de la secretaria que amablemente me ofreció sentarme. Todavía no había llegado nadie, así que tomé asiento. Me fue inevitable pensar en Carla. Toda la noche estuvo dándose vueltas sin poder conciliar el sueño, quizás sea que la panza de siete meses la tenga cansada. No quise despertarla. Sin desayunar vine directo a la oficina de Pro Seguridad.

A las siete de la mañana ya éramos tres los postulantes. Un señor de unos cincuenta años que no paraba de bostezar y un pibe más chico que yo que no dejaba de frotar con su mano derecha un llavero con un pequeño revólver.

La secretaria se nos acercó y propuso que llenáramos unos formularios antes de pasar a nuestras entrevistas individuales. Para mí era una experiencia nueva completar uno de esos. Traté de medir las palabras para no cometer alguno de mis horrores de ortografía. Desde pequeño no hice otra cosa más que malabares con la madera. Bueno, después de todo no parecían tan difíciles las preguntas. ¿Quien puede ser tan ignorante para no saber qué poner en nombre, edad, barrio, disponibilidad horaria? Pero la última pregunta o me resultó tan sencilla, la miré una y otra vez, ¿cómo iba a saber que me preguntarían esto? Todo era tan ameno. Pero con esa pregunta: todo cambió. ¿Qué decir? ¿Qué callar? Sólo sabía que era imposible no recordar...

Esa tarde calurosa de martes Don Araujo quiso enseñarnos a usar el rifle que tenía en el patio de atrás. Nos puso en fila y dijo que cada uno debía intentar matar al menos un pajarito. Todos estaban tan entusiasmados que se peleaban porque les tocara su turno. Entonces hicimos un círculo como cada vez que teníamos que tomar una decisión como grupo. Santiago, sin pensarlo demasiado, le jugó una pulseadita china a Leandro para saber quién sería el primero. Los dos eran muy buenos, pasados diez minutos aún no había definición. Mientras tanto el viejo pasaba por detrás de nosotros tan cerca que me fue inevitable sentir su aliento en mi nuca. Eso me puso nervioso del todo, aunque traté de disimularlo alentando a Leandro. La espera se me hacía interminable. Y casi no podía esconder el temblor de mis piernas. Ese temblequeo era igual al que sentía en mis pesadillas. Cada noche desde hacía un año sufría el mismo sueño. Siempre el mismo sueño: estoy solo en un campo. Camino. Escucho un disparo, tengo miedo y corro a mi casa. El cielo se nubla de golpe. Corro tan fuerte como puedo. Me distraigo mirando un perro negro atorado en una cerca. Lo quiero ayudar. Intenta morderme. Salgo disparando y el perro se zafa y me persigue. Corro tan rápido como puedo. Tropiezo y caigo en un pozo. Siento mucho frío. Empiezo a tiritar. No puedo moverme. Un hombre viene con su rifle y se queda al lado del perro. No puedo ver su cara. Me dispara. Entonces despierto… Esa pesadilla comenzó cuando el abuelo tuvo que irse.

Tras la partida del abuelo, mamá quiso alejarse de la capital y nos fuimos a vivir a un lugar más tranquilo, en Cañuelas. Quería establecer ahí la carpintería familiar y que yo continuara con el oficio de su padre.

Cerca de la iglesia del pueblo se ubicaban unas quince casas con grandes terrenos verdes. No había mucha gente mayor pero sí bastantes niños. Fácilmente pude hacer amigos. Teníamos algo en común: nos gustaba jugar a la pelota. Así fue que todos los días hacíamos un picadito después de almorzar. El lugar preferido era esa vieja casa cuidada por Don Araujo, contaba con grandes nogales que eran perfectos para tirarse un rato y descansar en los entretiempos. Santiago era el que siempre llegaba primero, la curiosidad por las armas lo tenía atrapado. Golpeaba las manos para pedir permiso, aunque a veces el viejo estaba de tan mal humor que no se asomaba y solo se escuchaba desde adentro: “no jodan”. Entonces esperábamos a que se fuera a visitar a su hermana mayor que vivía cerca y nos acercábamos al portón de atrás, generalmente sin llave y entrábamos.

En lo mejor de muchos partidos don Araujo aparecía y nos interrumpía pateando sin consideraciones las botellas de plástico que poníamos como arco. Primero nos retaba por entrar sin permiso. Luego buscaba el rifle. Ninguno de nosotros se atrevía a moverse. Yo ya sabía lo que haría después. Otra vez nos empezaría a llenar la cabeza con sus historias sobre la guerra de las Malvinas. Muchas veces empezaba alegre relatando como cientos de jóvenes habían sido valientes por luchar por la patria, pero luego, a medida que continuaba, recordaba cuántos muchachos habían muerto en sus brazos, su mirada se transformaba, no podía controlar su rabia y nos echaba sin contemplaciones.

Varias veces les pedí a los demás que no volviéramos. Argumentar que el ex militar estaba loco fue mi coartada. Pero la verdad era que yo le tenía terror. Votamos y ganaron ellos. Ese martes no pude dejar de ir si no quería quedarme sin amigos. Durante unos meses me habían servido los pretextos. Me encerraba en el baño en la escuela, antes de que terminara el segundo recreo y fingía sentirme mal. Rápidamente algún maestro notaba mi ausencia y mandaba a alguno de mis compañeros a buscarme. Entonces pedía que llamaran a casa para que vinieran por mí. Al despedirme les decía a mis compañeros que no iría a jugar. Recién entonces podía respirar tranquilo. Me sentía aliviado. Aunque a veces el plan no funcionaba. La portera del colegio me traía un té con limón y me decía que el malestar se me pasaría volando. Así que tenía que decirles a mis amigos la excusa típica, usarla a mi mamá como la mala de la película : “Hoy no puedo ir, mi vieja me encargó ayudarla en el taller”. Pero ellos eran testarudos, iban de todos modos a mi casa y golpeaban las manos una y otra vez. Mamá me ordenaba que fuera a atenderlos. Después de varias veces de repetirse esa situación, sospechó y me sometió a uno de sus interrogatorios. No supe qué decirle. Así que preferí callar y esperarlos listo ese martes a las tres de la tarde. Mamá no podía saber mi secreto. Aquella tarde de primavera, crucial para mí.

Había caído viernes ese veintiuno de septiembre. Yo había llegado temprano del colegio, dejé el guardapolvo en mi casa y, como mis padres no estaban, fui a visitar a mi abuelo a la carpintería. Llevaba en mi mano el alfajor que mi maestra me había regalado por la primavera. Pensaba dárselo a mi abuelo a cambio de que hiciera una repisa nueva para mi habitación. Pero cuando estaba llegando escuché un disparo. Corrí tan rápido como pude. Al llegar vi la puerta rota y el arma de mi abuelo cubierta de sangre en el cordón de la vereda. Entré y con la desesperación no me fije por dónde caminaba y me golpeé con unas de las máquinas que estaban tiradas en el piso, caí sobre una madera con un clavo y me hice un tajo. Llamé varias veces al abuelo pero no contestó. Entonces fui al baño a buscar algo con que limpiarme la lastimadura y ahí lo vi. Él estaba inconsciente en el suelo del baño. Por un instante quedé paralizado. No sabía qué hacer. Como un tonto, mientras mis lágrimas corrían por mis mejillas grité: “abuelo, abuelo”. Pero él seguía quieto. No me animé a moverlo. Solo seguí llorando. Como no respondía, salí desesperado. Sentí tanto miedo que apenas atiné a agarrar algo para limpiarme la herida y huí. Caminé lo más rápido que pude hasta llegar a casa. Al abrir la puerta, mamá estaba inmóvil con el teléfono en su mano. Por unos minutos me quedé mirándola, no pude preguntarle nada pero su llanto me dijo que ya sabía la mala noticia. Estaba en estado de shock, aunque al volver en sí, medio ida aún, me preguntó qué me había pasado en la pierna. No supe qué decirle. Tenía mucho miedo. Así que cobardemente preferí callar.

Solo me permitía hablar en sueños, cuando no era consciente, a veces balbuceaba unas palabras. Mamá pensó que alejándonos del barrio desaparecerían mis pesadillas frecuentes. Pensó que así podríamos olvidar la pérdida del nono.

Cuando llegamos ese martes Araujo salió a recibirnos con una sonrisita y nos hizo pasar sin chistar, la expresión de su rostro hacía notar que se traía algo entre manos. Daba vueltas alrededor del círculo donde Leandro y Santiago jugaban a la pulseadita china, cual lobo que busca su presa. Después de unos minutos, se paró en el medio del círculo.

-No pierdan más tiempo con pavadas. Si quieren jugar van a tener que ganárselo –dijo con prepotencia- A ver, vení vos, Juancito. Vas a tener que matar tres pájaros si querés el picadito.

Por un segundo quedé inmóvil, tanto que cuando quise salir del grupo ya les había dado ventaja a mis amigos para que hicieran una suerte de barrera y no me dejaran escapar.

-Es fácil, me dijo el viejo. Pero cuando toqué aquel rifle, cada uno de mis dedos sintió un frío idéntico al que se apoderaba de mi cuerpo en mis pesadillas.

“Pro Seguridad les da la bienvenida a todos, en breve pasarán a una entrevista personalizada”, retumbó por los altoparlantes en la sala de espera. Me sentí muy nervioso. Comenzaron a temblarme las piernas. Cada vez que miraba el reloj la hora parecía no avanzar. Me quería ir. Pero mi mente no dejaba de recordar la imagen de Carla sonriendo cuando le prometí que con el primer sueldo nos mudaríamos y compraríamos la cunita para Ramiro. Entonces traté de ayudar a la espera hablando con otro de los postulantes, le sonreí.

-No pude resumir toda mi experiencia con armas, pero puse lo más importante: cómo solía ir de caza con una Winchester que me regaló mi abuelo- dijo fervientemente el pibe más chico que yo.

-Mira qué bien- respondí por decir algo.

Armas y más armas. Y la imagen de mi abuelo que estaba más presente que nunca. No sabía qué hacer. Estaba tan aturdido que decidí ir a pensar al baño, como cuando buscaba excusas en el colegio. Necesitaba estar solo.

La soledad me había cacheteado aquel día martes. Únicamente estábamos mis pensamientos y yo. Mis recuerdos me asediaban. Ellos me hacían ver que si disparaba sería un criminal.

Fue cuando Don Araujo gritó: “Dispará, es un pajarito de mierda”. Pero mis manos no me respondían. Intentaba ver los pájaros, pero se atravesaba la cara de mi abuelo. Mataría a un animal indefenso. Cerré los ojos, pero su figura se hacía cada vez más fuerte. Mi corazón parecía que quería salirse de mi pecho y ese frío idéntico al de mis sueños me hacía tiritar sin poder frenarme.

“Dispará”, me decían todos. Yo no podía, no quería. No iba a matar un pajarito. Podía escuchar la voz de mi abuelo susurrarme al oído mi nombre. Araujo me agarró del cuello y me zamarreó. No tuve otro remedio que apretar los dientes, levantar el rifle y decidirme a disparar. Entonces la vi a mamá que llegó a buscarme y yo, sin querer, solté una bala al aire. Don Araujo giró tan de prisa su cabeza que se le cayó su viejo peluquín y mis amigos a carcajadas limpias salieron corriendo. Sin embargo ella se dio cuenta que mi mirada reflejaba la misma actitud de pánico que sentía cada vez que mis compañeros iban a buscarme. “Ahora entiendo”, dijo. Y afortunadamente nunca más me dejó ir a ese lugar.

Nadie supo lo que viví esa tarde de primavera. ¡Si tan solo hubiera llegado diez minutos antes a la carpintería! ¡Si hubiese podido defenderlo! ¡Si no hubiese sido tan cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! Taladraba mi cabeza. Me miré en el espejo del baño y todas esas imágenes del pasado pasaron por mi mente. Era el momento de decir la verdad, mi verdad. Me lavé la cara y salí. Me acerqué al escritorio de la secretaria.

-Señor Morales lo buscaron y como no lo vieron, pasó el otro joven a la entrevista-, me dijo casi enojada.

- Ah, está bien. No se preocupe- le contesté con gran satisfacción interna- ¿Me permite hacer una llamada?

-Claro, con confianza. Pase a la oficina que tiene la puerta abierta.

Por suerte Carla me atendió enseguida: prepará unos mates que ya voy para casa, tengo que contarte algo”, le dije.

Adrián Moreno

martes 22 de noviembre de 2011

Crónica: ¿Me ayudan?

El auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales está repleto de alumnos, como todos los martes. El profesor de Comunicación I está sentado al fondo, con el micrófono en mano, e intenta ser escuchado. Globalización, tecnología, capitalismo, son algunas de las palabras que menciona en su monólogo.

Los jóvenes de la primera fila lo miran fijo. Sus caras no revelan la misma pasión por el tema que él, pero al menos pretenden hacerlo. Unas filas más atrás se puede ver la gran cantidad de tareas que se pueden hacer en clase en lugar de escuchar al profesor. Celulares, Ipods, y libros resultan ser alternativas más interesantes. Pero la que más se repite a en el auditorio es la conversación con el compañero de al lado. Claro que estos últimos apenas toman apuntes. El cuaderno de la chica sentada en la tercera fila de la derecha solo dice: “01-10-11”

Una mujer ingresa al auditorio por una de las dos puertas de atrás, precisamente por la izquierda. Al principio los únicos que se percatan de su aparición son los de la última fila, la más cercana a la puerta. Todos menos uno. Tiene la cabeza sumergida en sus brazos para que nadie sepa que está durmiendo.

A medida que camina por el pasillo que separa las dos columnas de asientos, comienza a elevar su voz. Una a una las cabezas de los estudiantes giran, cuando escuchan a la mujer, en dirección a ella. Finalmente se para en frente de todos, delante de la primera fila, justo debajo del profesor, cuyo escritorio está sobre una especie de escenario. Pide permiso para hablar. Las interrupciones no son usuales en el auditorio. A los militantes de los partidos políticos solo les permiten entrar en épocas de elecciones. De todos modos, el profesor asiente con la cabeza.

“Me llamo Gladys, vivo en el hotel municipal acá a dos cuadras. Quería pedirles un favor, chicos. Estuve todo el fin de semana enferma, y no tengo para comer. Estoy muy débil, y no me puedo comprar ningún sándwich. Quería pedirles si me ayudan aunque sea con una moneda.” Mientras habla, muestra sin problemas el pañal que tiene bajo sus pantalones de jean. Explica que entra en este momento porque así los ve a todos juntos, y no tiene que ir pidiendo de a uno. A penas termina de hablar, el profesor le toca la espalda y espera a que se dé vuelta para entregarle dos pesos.

La clase continúa. Observo cómo la mujer camina y, fila por fila, se detiene a esperar. Recorre el auditorio en forma de “u”. Comienza por la derecha. “Gracias, gracias”, repite cada vez que recibe ayuda. En la cuarta fila por primera vez, una joven la ignora. Pretende estar atendiendo a la clase. Lo mismo ocurre en la quinta, y en la sexta. Recién vuelve a tener suerte en el otro pasillo. Un chico la mira sonriendo y le da cinco pesos. Suerte señora, le dice. Lo último que recibe son unas cuantas monedas que le regala un grupo de chicas de adelante. Sus manos están llenas de billetes y monedas.

En ese momento termina la clase, y los alumnos se preparan para salir del auditorio. Escucho la conversación de un grupo de chicas, justamente las que estaban sentadas adelante. Hablan de la señora.

“No es la primera vez que la veo. El otro día me tomó de sorpresa. Yo estaba en el kiosco del segundo piso, y de repente la mujer salió del ascensor, muy enojada porque no la querían dejar entrar a la facultad. Gritaba, tenía mucha bronca”, dice una de ellas. “Ese día fuimos testigos de una discusión entre Gladys y la señora de seguridad de facultad. “Bruja” le gritaba Gladys.”, agrega otra. “La veo casi todos los martes. En los pasillos, en las aulas, y ahora hasta en el auditorio. Me llama la atención que siempre tenga una razón diferente para pedir dinero.”, explica una tercera.

Me dirijo hacia la salida de la facultad. Allí esta Gladys, escuchando animadamente a los militantes de un partido político. Los mira con interés, pero no opina. Tiene la boca llena y un sándwich casi terminado en su mano. Me acerco y le entrego los dos pesos que no llegué a darle antes. La señora de seguridad está parada a unos metros. Tiene la mirada fija en Gladys y controla cada movimiento. Pero ya no le prohíbe la entrada.

María Fernanda Vales

domingo 20 de noviembre de 2011

Cuento: Falsas impresiones

Las patas de la araña se retorcían como si alguien la estuviera lastimando. Pero lo único que mediaba entre ella y la realidad eran las paredes del frasco de vidrio en que Félix la había encerrado. Recordaba como si fuera ayer el día que Susana, su directora, le había regalado ese magnífico ejemplar. Hacía calor, era marzo, y recién comenzaban las clases. Camino a su primera clase, se había quedado fascinado mirando a una araña que miraba inmóvil desde el escritorio de la directora. Un día más tarde, era suya. Era grande y amenazante, pero para disgusto de su madre, la había alimentado con mucho amor. Ese día quería mostrarle a Susana cuánto había crecido, así que la había guardado en la mochila, entre muchos papeles para que no se golpeara.

-Félix, otra vez tenemos que felicitarte por tu boletín, las notas no bajan de ocho, y tu comportamiento es excelente, la directora dice que quiere que pases después por su oficina para mostrarte lo que hablaron el otro día- la maestra dijo esto al mismo tiempo que se acercaba un grupo de compañeros al banco del niño, los que siempre le pedían sus tareas, ya que sin dudas Félix era el mejor alumno de la clase. En el momento que se puso en marcha hacia la oficina, levantó la cabeza y pudo ver las caras de bronca con la que lo miraban otros compañeros, pero eso ya no le afectaba.

-¿Cómo anda mi alumno estrella?- saludó la directora cuando Félix abrió la puerta, y antes de que él pudiera contestar, le señaló un frasco en su escritorio, y agregó: “hoy traje a las demás para que las veas”. Al principio miró extrañado y luego sonrió asintiendo. Recordó aquel otro día de mayo, cuando la directora le había prometido mostrarle su colección de arañas. Él estaba nervioso, la nueva escuela lo inquietaba y aunque su madre le había asegurado que todo iba a ir estar bien aún no se había adaptado y no podía evitar sentirse incómodo. Por eso fue un alivio cuando tan pronto descubrió lo simpática que era Susana, cariñosa como su mamá y además le permitía jugar con bichos, algo que su madre no hacía. No tardaron en descubrir que los dos compartían un amor por ellos, especialmente por las arañas, él sabía mucho sobre arácnidos ya que desde chico los admiraba y estudiaba. Ella le había prometido mostrarle su colección.

Félix era llamado a la oficina de la directora muchas veces a la semana. Él sabia por qué lo llamaban y corría contento, aunque a los otros les parecía raro, porque nunca había que retarlo por nada, solo felicitarlo, y las veces que la directora felicitaba a los alumnos lo hacía en la clase enfrente de todos, pero como Félix se divertía tanto no parecía preocuparse mucho por lo que pensaran los demás. Además, nadie parecía preocuparse mucho. Cuando le preguntaban, él solo contestaba que era un secreto. Pasaba desapercibido para la mayoría, salvo para Liliana, que quería mucho a Félix y nunca parecía terminar de entender por qué debía abandonar sus clases sin explicación alguna de manera tan repentina ante el llamado de Susana.

Cuando los chicos volvieron de las vacaciones de invierno las visitas a la dirección se incrementaron. Al parecer ya no pasaba tan desapercibido para los demás porque le empezaron a llover las preguntas. La maestra le preguntó muchas veces por qué Susana lo llamaba tanto y siempre respondía “porque ella también es fanática de los bichos, y tiene una colección de arañas, además es re buena, siempre me abraza y dice que soy su preferido”.

“Ir a la oficina de Susana es divertido, siempre nos reímos”. Repetía sin cesar. Miraba los ojos de su maestra y los veía llenos de confusión, pero no entendía el porqué.

-Tengo que mostrarte algo nuevo, pero a cambio de una condición- le había dicho Susana una tarde. Félix la miró sin entender por un momento pero rápidamente volvió su atención a los frascos de arañas que habían puesto huevos. Atención que le fue difícil mantener cuando la directora deslizó la mano sobre su espalda.

Ya era el mes de octubre y su entusiasmo comenzó a desaparecer. Ya no le gustaba que fuera tan cariñosa. Las ganas de ir a la oficina disminuyeron notablemente, al igual que su pasión por las arañas. “Liliana, me quiero quedar en la clase, tengo que terminar un trabajo, si voy a la oficina no voy a poder”, esas eran las excusas frecuentes que comenzó a esgrimir para no encontrarse con Susana. Sabía que la maestra le comunicaba esto a la directora pero también se imaginaba lo incómoda que debería sentirse ante su cara de enojo, por eso, cada tanto, volvía a esa oficina.

Liliana estaba cada día más segura de que algo pasaba, y no era bueno. Félix no solo había perdido una clase previa a una evaluación sino que había empezado a participar menos, estaba más callado, faltaba algunos días y su comportamiento no era tan ejemplar como antes.

Esa mañana, Félix había faltado otra vez, era la segunda vez en una semana. El lunes lo había encontrado encerrado en uno de los baños pero cuando le preguntó que sucedía, le dijo que solamente le dolía la panza y corrió de vuelta a clase. La maestra comenzó a preocuparse más, y antes de llamar a sus padres para informarles sobre la situación que estaba sospechando, decidió seguirlo a la oficina de la directora la siguiente vez que lo llamara.

Cuando finalmente llegó el momento, abandonó la clase y siguió a Félix. Se paró en la ventana, viendo lo que podía entre las cortinas apenas abiertas. En el instante que apoyó la nariz contra el vidrio pegó un salto y entró violentamente. Sin darse cuenta tiró un frasco que estaba al lado de la puerta. Veinte arañas se desparramaron por el piso y se retorcieron intentando esconderse en los rincones. Mientras, Félix salía disparado a abrazar a la maestra. La única araña que no se escondió fue la más grande, la que aunque no fuese venenosa era la más peligrosa. Esta continuó retorciéndose en el piso sin poder incorporarse por unos agónicos segundos hasta que se quedó tiesa. Las picaduras habían causado su efecto.

Victoria Olmedo


Crónica urbana: Una silla en medio de una multitud

Durante la semana a toda hora es “hora pico”. Ya no existe diferencia entre la mañana y el mediodía. La gente camina con un objetivo claro, llegar al tren. Todos quieren llegar rápido, sus miradas están fijas en el piso. Evitan pisar las baldosas flojas o a los que se detienen a comprar alguna provisión. Parece una carrera de obstáculos, con atropellos, intercambio de miradas y hasta a veces insultos.
Una larga fila de puestos interrumpen el camino que pareciera estar marcado para los que se dirigen hacia la entrada del andén donde está la boletería. “Fundas para celulares, las mejores”, “Flores frescas”, “Cosas para aprovechar” se escucha en ese trayecto que divide las dos estaciones de trenes. Todos siguen en su camino. Oficinistas llegando tarde, niños gritando, vendedores ambulantes que se cruzan de vereda a vereda, las chicas que reparten folletos.
Se escucha la bocina del tren, la gente se apresura más, algunos corren, pocos mantienen su ritmo lento lo que provoca un problema para los que tienen los minutos contados. Nadie se lo quiere perder. Abundan las caras de cansancio, o de recién levantadas.
En medio de tanto barullo y de las cientos de personas que van y vienen, está ella sentada. Una mujer de apenas unos cuarenta años, de contextura grande y pelo corto, morocha. Repite una y mil veces la misma letanía “La razón, diario a voluntad”. Nadie se da cuenta de su presencia. Pareciera que su voz no tiene fuerza, sus palabras se pierden en medio de tanta gente. Solo es un obstáculo más para aquellos que caminan por allí. La mayor parte de su día lo pasa en esa silla. Sola entre medio de una multitud que ni una mirada le dirigen.
Entonces se oyen las sirenas del patrullero, allí vienen aquellos hombres vestidos con uniforme azul. A ninguno de los caminantes les cambia su presencia, pero la miro a ella y me doy cuenta de que su cara sí cambió. No tiene tiempo para seguir sentada. Se levanta de inmediato tomando su silla, los policías comienzan a levantar a los vendedores ambulantes, entonces ella con mucha prisa recoge los diarios que puede, pero en el camino se le van cayendo. Se refugia muy agitada dentro de la estación del tren. Los policías toman los diarios que quedaron en el piso y los tiran en el tacho. Ella espera a que se vayan, pero cuando vuelve ya no quedan periódicos.
Cuando vuelvo, al final del día, la vuelvo a ver, su rostro parece mostrar menos ganas que antes, nadie parece percatarlo. Su vida es recoger los diarios que sobran a la mañana. Esos diarios para ella son su comida.
Pero al mediodía siguiente vuelve con su silla y con sus diarios a repetir las mismas palabras de siempre. Ella lo sigue intentando pero entre tanta gente su imagen y su voz nuevamente se pierden.
Luciana Vecchiarelli

Crónica urbana: ¿A quien madruga Dios lo ayuda?

Ella tiene grandes ojos claros. Su pelo de color negro azabache casi le llega a la cintura. Es delgada y esbelta. Sus zapatillas están rotas. El pantalón no le cubre los tobillos y la campera de colores desgastados es varios talles más grande que su cuerpo. Carga una pesada bolsa y mira a la gente que pasa apurada a su alrededor, algunos caminan rápido, otros corren. El tren está a punto de salir de Retiro hacia Tigre y todos quieren llegar rápido a casa. Yo soy uno de ellos, pero parado junto a la puerta del tren no puedo dejar de mirar los ojos tristes de aquella pequeña, me demoro en subir al vagón, abro un paquete de palitos, estoy hambriento. Ella mira la multitud, agotada, se nota que no fue un día fácil, sus párpados parecen pesarle, tiene su pequeña mano apoyada en el vientre y su cara expresa dolor, a esta hora de la noche debe ansiar un buen plato de comida. De pronto, la veo correr hacia el molinete, estoy a pocos metros de distancia, lo salta y se apresura a subir al tren, pasa corriendo a mi lado, casi me atropella. Entro rápidamente al vagón detrás de ella mientras se escuchan los gritos de uno de TBA persiguiéndola. No la alcanza, las puertas del tren se cierran y ella suspira aliviada. La observo de cerca. Está agitada por la corrida de unos segundos atrás. Palpa sus bolsillos, sólo cuenta con unas pocas monedas, según puedo ver la mayoría de diez y veinticinco centavos. Busca en el otro. Encuentra un billete de cinco pesos, lo mira alegremente por un instante y lo vuelve a guardar. Observa las luces del hipódromo de Palermo a través de la ventana, es de noche, un poco más de las diez. Estamos en los últimos días de octubre, pero la temperatura no llega a los diez grados.

Se desocupa un asiento y mientras me acomodo me doy cuenta de que aún no ha terminado el día para aquella pequeña. Comienza a recorrer el vagón saludando persona por persona con una técnica que causa la sonrisa de algunos y la mirada compasiva de otros. Ella saluda a cada persona con un beso en la mejilla y a continuación enseña a cada pasajero un particular saludo: cierra su mano derecha y golpea con el puño de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba el puño de la otra persona, luego de frente, para finalizar con un “choque los cinco”. Vuelve a repetir la misma actividad una y otra vez, es tal su soltura y frescura que es muy difícil negarse a prestarle unos segundos de atención. Va dejando a su paso un pequeño papel arrugado en donde dice que se llama Belén, tiene nueve años, cinco hermanitos, una madre sin trabajo y la necesidad de llevar el pan diario a su hogar.

Aún tengo mi paquete de palitos casi lleno. Siento la necesidad de regalárselo, temo que las monedas que recibe de los demás no lleguen a buen puerto. Pasa frente a mí, mira los palitos pero no dice nada, espero unos segundos y le regalo el paquete. Ella me sonríe y dice gracias. Se sienta en el piso, come con ansias pero no termina el paquete, guarda un poco. Pasan las estaciones, ella sigue sentada allí, saboreando la punta de sus dedos. El tren frena en la estación de Virreyes, ella se apresura a bajar, el tren se demora en arrancar. Veo por la ventana una mujer de unos cuarenta años, bastante desmejorada y robusta que agarra a Belén por el brazo, no llego a escuchar lo que le dice. Parece enojada, la sujeta con fuerza y gesticula duramente contra ella. La niña saca del bolsillo las monedas. La mujer las cuenta y parece reprocharle. Mira el paquete de palitos, lo tira con violencia al suelo, está enfurecida. Los que estamos sentados en el vagón miramos la escena sin saber qué hacer. La zarandea de un lado a otro hasta que la niña saca con manos temblorosas el billete de cinco pesos que tenía en su otro bolsillo. La mujer lo agarra rápidamente, lo golpea tres veces contra la frente de la niña con una sonrisa sobradora. Se da media vuelta y comienza a caminar. Belén mira los palitos tirados en el suelo. Recoge un par. La mujer se da la vuelta, le grita y hace un ademán para que se apure. Las puertas del tren se cierran. El tren avanza. Atrás queda Belén. Yo sigo sentado allí sin poder sacarme de la mente sus grandes ojos tristes.

Agustina Arias, Magdalena Pascucci, Laura Pomilio

Crónica urbana: Adrenalina

Son las doce del mediodía del cuatro de octubre. El tren viene de Retiro, como es usual está lleno de gente, todos los asientos ocupados, los pasillos llenos y los vendedores alzando la voz para hacer conocer de manera interesante su producto y así poder venderlo.

El tren va a un buen ritmo, hace aproximadamente treinta minutos que salió de Retiro. Llega a la estación Villa Adelina y se detiene. Hay intercambio de pasajeros: bajan y suben. El viaje es una odisea. A pesar del calor, la gente se amontona sin otra opción. Sin embargo ese mediodía hay algo diferente. El tren no arranca. Ya pasó más tiempo del que generalmente destina a cada estación. La gente empieza a preguntar qué pasa, ya lleva más de diez minutos parado, pero no hay nadie a quién preguntarle ni nadie que dé respuestas

Unos minutos después aparece un empleado avisando que hay personas protestando en la estación Boulogne, y que debido a eso no se puede avanzar. “¿¡Cómo hacemos para ir hasta Aramburu ahora!?” es la pregunta más frecuente entre los pasajeros. A la mayoría les falta la mitad del viaje.

Se instala un clima de desesperación, algunos pasajeros incluso piden como opción que el tren avance igual. Hay mujeres cargando a niños que lloran, hombres quejándose y ancianos preocupados.

-No se entiende, siempre pasa algo, nunca se puede viajar tranquilo en este país, nos tratan como ganado- dice una señora exasperada. Los más tolerantes la miran con pena, algunos asienten. Cuando es evidente que la llegada a Aramburu será imposible, la mayoría de los pasajeros se rinde. Cansados de insistir, se bajan para continuar su viaje en colectivo.

De repente el tren comienza a moverse, unos pocos miran sin entender mucho pero se vuelven a subir. “¿Arranca de nuevo?”, preguntan otros, y corren para alcanzarlo.

-No puede ser que este servicio funcione así, el gobierno no hace nada– dice un chico de uniforme. Un señor lo mira sorprendido por su acotación, pero vuelve a posar su mirada en los edificios que pasan a su derecha.

Finalmente el tren reemprende su rumbo, hay muchos asientos vacíos ya que la mayoría no pudo volver a subirse. Pero hay una sensación de inquietud que crece a medida que avanza. Una señora mayor pide preocupada que cierren todas las ventanas y las puertas, porque al pasar por Boulogne les van a tirar piedras, dice. Algunos le hacen caso, otros no escuchan, entonces ella lo repite, cada vez más ansiosa, la estación está muy cerca.

Con todas las ventanas y puertas cerradas el tren pasa por el lugar del piquete. Están todos agachados entre los asientos, pidiendo que no pase nada, y para suerte de todos así es. Ninguna piedra se lanza hacia el tren, y este sigue su viaje normalmente. Una mujer con un niño en sus brazos mira a los protestantes que dejó el tren atrás. - Hay que ver por qué protestan también, por ahí se quedaron sin trabajo, o no les quieren aumentar los sueldos, son épocas difíciles, sin solidaridad no vamos a llegar a ningún lado- dice, pero nadie parece apoyar su opinión. Se baja en la última estación. Es una de las pocas que le dan una moneda a la señora de la estación Aramburu que siempre está al lado de ese puesto de diarios pidiendo. Las monedas rebotan en el vaso contra las otras y mientras la señora sonríe, la joven cruza la calle con su hijo, ahora de la mano y desaparece entre la multitud de autos.

Victoria Olmedo

Cuento: Clásica tentación

Por Tomás de Azkue

Tigre, 26 de febrero de 2010

“Te vi llegar, del brazo de…” ahí es donde se corta la canción para mí. Porque no fue del brazo de un amigo que te vi llegar, sino del brazo del tío Marcelo. Era verano, siempre lo era cuando pasábamos la mayor cantidad de tiempo juntos en la quinta que nuestras familias alquilan en Tigre. Cualquier momento compartido con vos es una excusa para sonreír de oreja a oreja: ya sea cuando nos tiramos agua y luego como dos zonzos nos quejamos del agua que nos entra en los ojos, el sabor en el punto justo de los churrascos de tu papá, esas eterna batallas donde los objetivos se desvían y todo pasa a ser un capricho para ver quién tiene Kamchatka bajo su dominio. Situaciones que para más de uno quizá no signifiquen nada, pero a mí me completa el día cuando veo sonreírte así.

Por ahí no me creas, pero todavía tengo bien fresco en mi mente el recuerdo de la primera vez que dormimos juntos… Claro que aquella vez éramos solo unos nenes, vos con tres y yo con cinco estábamos intentando dormir la siesta que nos habían impuesto nuestros papás porque estábamos muy chinchudos. Fue un momento único porque en ese mismo instante me di cuenta de lo nervioso que podía llegar a estar al lado tuyo… Sí, lo que pasó en esa siesta no fue por todo el jugo que había tomado a la tarde… Algún día tenía que decírtelo.

Quizá porque los dos somos hijos únicos es que siempre tuvimos tan buena relación. Sin embargo nunca me fue fácil avanzar, y no porque todo esto me pase justamente con vos, sino por él. Desde chiquito que te pertenece. Una navidad, el destino quiso que ese fuera tu regalo. Admito que hasta a mí me pareció adorable, e inclusive lindo cuando después de recibir tantísima atención, me vio por primera vez y me enfrentó. Claro que por ese entonces con tan solo un mes de vida, esa “enfrentada” resultó un acto de ternura que divirtió a toda la familia. Pero en realidad en ese momento nació el odio mutuo.

“No te hagas la víctima, está jugando nomás, pobrecito” embobado te miro y no sigo discutiéndote, aunque está más que claro que lo que decís no es así. Por culpa del apego que te tiene, ese bicho me odia porque no puede tolerar que pases más tiempo conmigo que con él durante el verano. Por eso siempre que nos ve juntos nos sigue e intenta evitar que te hable muy de cerca, ¡y menos pretender cualquier contacto físico! Una vez casi pierdo la mano por el tarascón que me tiró…

La primera vez que me hizo la vida imposible (seguro te acordás) fue en el verano siguiente al que te lo regalaron. Vos tenías ocho años y yo diez, estábamos cazando ranas porque nos habíamos emocionado con ellas cuando vimos una adentro de la pileta. Era un momento lindo y yo miraba hipnotizado tu pelo brillando a la luz del sol. Estábamos persiguiendo la misma rana cuando tu animal, que parecía estar esperándome, saltó de un arbusto y le pegó un mordisco al pantalón. Me lo arrancó y me dejó con un calzoncillo casi destruido en frente tuyo. Obviamente vos te reíste mucho y yo me morí de la vergüenza. A tal punto me avergoncé que por ese verano no me animé a meterme al agua con vos al lado.

El día más feliz de mi vida fue cuando te probé por primera vez hace tres años. Congo (tal y como decidió llamarlo el tío) estuvo ausente durante año nuevo por una enfermedad que tuvo y por la cuál tenía que estar internado en una veterinaria, ¿te acordás? Para mi gusto, eso fue el karma equilibrando las cosas a mi lado. Nuestros papás cantaban y reían mostrando los efectos del champagne. Te dio tal vergüenza ajena que me tomaste de la mano y me llevaste hacía los arbusto pinchudos, a la izquierda del terreno. La humedad de tus labios y el mar alborotado por un tsunami de mariposas que tenía en mi panza en ese momento minimizaban el esplendor y la magnificencia de los fuegos artificiales que iluminaban el cielo esa noche.

Después de ese verano se me hizo más fácil acercarme a vos. Siempre algún que otro beso nos dábamos: llave única para el placer. Aunque… había algo que me inquietaba mucho, porque yo estaba seguro de que me importabas tanto como para ligarme a vos para siempre, pero vos solo jugabas y bromeabas conmigo. Como si todo fuese igual después de ese año nuevo, es cierto que a eso solo se le agregaron un par de besos esporádicos. Gran parte de culpa por esto la tiene Congo, porque si no está ahí para molestarnos en persona, se pone a aullar lastimosamente hasta que aparecés y lo consolás. “Me extraña, el bobito” me decís cuando ves mi cara de resignación.

Pasaron varios veranos, él ya es adulto. Creció tanto como sus ganas de molestarme. No pudimos pasear una vez en paz por la quinta sin que se pusiera a olfatearnos para encontrarte. Para vos –como siempre- es un juego, y nos escondemos para que no nos vea. Seguís jugando y divirtiéndote conmigo como aquella vez que me arrancó el pantalón.

Pasó el último día de verano. Lo pensé mucho y creo que es la mejor opción; y cuando lo veo ahí mirándome, casi como riéndose de mí, me convenzo más de mi decisión… Cuando llegues a tu casa, Congo no va a despertar. El plato de comida con el que se alimentó antes de partir, va a ser el último. Espero que a partir de ahora, habiendo quitado esa distracción, entiendas todo lo que siento por vos, ya que vas creciendo y seguro que no va a tardar en aparecer la fila de buitres atrás tuyo.

Luciano Barros, tu primo favorito