domingo, 8 de noviembre de 2009

Volvemos a la ciudad: Lágrimas de Cabernet

Fueron un par de días, volvimos a fingir... decía la canción que sonaba desde un auto mientras caminaba por Palermo. La melodía siguió dentro mío hasta cruzar la avenida que divide el barrio con Almagro. Era un día que según Canal 7 sería soleado, pero no, no fue así... El sol quería ver las calles pero sacó platea alta, quedando tapado por las nubes grises. La lluvia no tardaría en salir a tocar. El reloj marcaba las diecinueve de un sábado que no tenía buenos planes. Menos si en quince minuos Dios se pondría a llorar. Terminé en el Abasto, ese mercado de frutas y verduras transformado en shopping. Miré vidrieras, gente, lo de siempre: bolsas llenas y billeteras vaciándose. Mi apetito se estaba despertando, por lo que decidí ir terminando el tour, encarando las escaleras mecánicas. El sol se había ido, salió de la cancha por una lesión y en su lugar apareció la luna al cincuenta por ciento. Un semáforo en rojo me hizo observar que la lluvia caía de arriba hacia abajo, pero con mayor atención me dediqué a mirar a un vagabundo. Esos "sincasa" que son dueños de la calle, los de la barba larga que vemos descansar sobre la entrada de cualquier banco, como si cuidaran nuestros ahorros. No era el primero ni el último que iba a ver, pero me pregunté: ¿por qué todos están de traje? ¿Coquetería, tal vez? ¿O será que fue la última prenda que les quedaba en el ropero antes de perderlo todo? Las llaves salieron de mi bolsillo para abrir la puerta. La ducha y la cena me esperaban. Empapado, dejé la ropa en la silla cerca del calefactor para que se secara. Me cambié, descorché un vino y la comida pasó a segundo plano. Seguí pensando en tratar de entender cómo un hombre puede terminar en esa situación. Se me cruzó la comparación con los edificios antiguos, esos que nos miran con los ojos medio cerrados, con sueño, con tristeza. ¿Por qué el edificio de Marcelo T. y Pueyrredón parece que me habla? Hay días donde siento que quiere que ni lo mire. En otros lo veo mal, como invadido por ocupas, pidiendo que alguien lo ayude. Oscuro, pero con una arquitectura envidiable, siempre está allí, en la esquina que más miro de las cuatro. Sus ventanas abiertas me provocan intriga, siempre... La zona es muy linda y el movimiento de gente es continuo, pero él está vacío, abandonado y descuidado por los años. Igual a los empresarios de las veredas, que piden monedas para comprar pan. Me gustaría levantarme mañana y verlos juntos, cuando el edificio abra sus puertas, esas que nunca me importó saber dónde están. Esas que alguien quiere abrir para no bañarse con las lágrimas del Barba.
Y otra noche se fue con mis lágrimas de Cabernet, escondiéndome en la imaginación, creyendo que ella por sí sola lo puede resolver.
Juan Ignacio Caballero

1 comentario:

Erica dijo...

genial!!!!Que interesante recorrido, que buena manera de mostrarnos muchas realidades marginales!!! te felicito.