domingo, 30 de agosto de 2009

Una especie de elegancia

Después de tanto buscar lo encontró. Josefina se enamoró perdidamente de él. Sí, era el corsé más hermoso que alguien haya visto. Su color era un tanto extraño, variaba entre un pardo oscuro y negro. Resultaba curioso haber encontrado una prenda tan preciosa en un lugar tan raro. Una tienda situada en el centro de la Feria, un lugar con objetos antiguos, y ropa traída de la India. Ella miró fijo el corsé, la señora que se encontraba a cargo del negocio se puso un tanto inquieta. Se acercó a la clienta, la tomó de las manos y prosiguió a contarle que esa prenda era muy especial ya que tenía una larga historia y era necesario que supiera lo peligroso que podía resultar utilizarla. Un poco atemorizada le recomendó que no se la llevara, no estaba a la venta a pesar de que en su momento sí lo había estado, solo estaba en el negocio colocado en un rincón. Ciertamente ese atuendo encerraba una historia y ella se negaba a darle importancia. Interrumpiendo lo que la mujer le intentaba contar sacó de su cartera tres billetes de cien y los colocó en el mostrador. Agarró el corsé y se retiró inmediatamente. Era exactamente lo que necesitaba para la fiesta del viernes por la noche. La prenda adecuada para ser combinada con una pollera de seda color negro. Solo atinó a probarse una vez el corsé el día miércoles, a plena luz del día. Apresurada logró apenas mirarse al espejo ya que llegaba tarde al trabajo. Le encantaba como le quedaba, luego se lo sacó y lo colocó sobre una silla en su cuarto.Llegó el viernes, ella estaba muy entusiasmada. Se levantó temprano para ir a la peluquería, a la tarde se instaló en el tocador para colocarse su mejor maquillaje. Cayó el sol. Josefina iba a probarse finalmente su pollera de seda, y el magnífico corsé.Primero se colocó las medias, luego la pollera, él vino al final. Ella lo observó antes de terminar de vestirse, y pensó en lo precioso que estaba esa noche. Levantó los brazos para que entrara en su cuerpo por la parte de arriba, y lo deslizó suavemente hacia abajo. Apenas hizo esto, notó una leve presión sobre su cuerpo, pero no le dio importancia ya que este tipo de prenda funciona de esa forma, presionando un poco el cuerpo. Esa noche el color del corsé parecía brillar. Lo acarició suavemente con sus manos, lo sintió un tanto áspero. Procedió a atar los lazos del medio, con un bonito moño en la parte inferior. Se miró al espejo y quedó fascinada por cómo se veía. Todo parecía estar en perfectas condiciones, la boa constrictora parecía reflejar su sonrisa frente al espejo, y Josefina se seguía fascinando. De un momento a otro el corsé comenzó a girar alrededor de ella, como un espiral, enrollándola. Rápidamente intentó acomodárselo. Mientras giraba y giraba iba apretando cada vez más su tórax. La sonrisa de Josefina desapareció, y ahora se comenzaba a retorcer. Su rostro tan bien ruborizado se fue transformado en un pálido fúnebre. Sus ojos vidriosos parecían salirse de su órbita, hasta que cayó tumbada al piso. Allí, con movimientos bruscos, de un lado hacia otro, intentaba liberarse de él, pero su tiempo ya se estaba terminando.Se retorció por última vez, su respiración cesó, y la boa lentamente, desprendiéndose de su cuerpo salió por la puerta de la habitación. El cuerpo sin vida de Josefina yacía ahora en el medio del oscuro cuarto. Ya no existía la posibilidad de volver atrás, solo el corsé cubierto de escamas regresaba lentamente a la tienda hindú de donde nunca lo tendrían que haber sacado.
Ana Lisa Anta Miracco

domingo, 31 de mayo de 2009

El elegante pantalón de tiro alto

A las ocho de la mañana, como todos los días, sonó el despertador. Pese a su termómetro interno que le rogaba que se quedase en la cama, ella se levantó. La responsabilidad la llamaba; en una hora debía estar, café en mano, revisando su casilla de e-mails.
Abrió su placard e inició la agobiante tarea de elegir el conjunto del día. Acorde a la temperatura, a la ocasión y a la moda, obviamente. Rápido, además, porque no tenía mucho tiempo que perder. Se decidió, finalmente, por una camisita de seda color salmón y un elegante pantalón negro de tiro alto que hacía años que no se ponía.
Inició su camino hacia la estación del subte y, mientras esperaba que llegara, empezó a sentir una molestia en la cintura. El pantalón le ajustaba un poco más de la cuenta y la hizo pensar, una vez más en la vida, sobre la posibilidad de empezar una dieta. Por suerte era martes, faltaba casi una semana para el lunes, tenía tiempo de meditarlo.
“Palermo” gritó una voz desde algún lugar del vagón. Se bajó justo en la esquina de su oficina y fue allí donde volvió a sentir que su panza le reclamaba más espacio. Se puso mal por unos segundos, odiaba sentirse gorda, pero esa “M” dorada brillante la tentaba demasiado. Se olvidó de su tristeza y entró a comprarse un capuchino a la italiana, su desayuno favorito, perfecto para terminar de despertarse y la mejor manera de empezar la mañana.
Llegó a la oficina y se sentó en su escritorio. Mientras intentaba desagotar su casilla de correo electrónico volvió a sentir ese fastidioso pantalón ajustándose demasiado a su cuerpo. El hecho comenzaba a preocuparla, hasta llegó a pensar que podría estar hinchándose de a poco. Luego advirtió lo ridículo del razonamiento, se imaginó a ella misma inflándose como un globo; recordó la escena de la película de Harry Potter en la que la hermana de su tío se empieza hinchar hasta salir volando y no pudo evitar la carcajada, aunque intentó callarla lo más pronto posible.
Al mediodía ya no aguantaba más, sentía que le faltaba cada vez más oxígeno y decidió desabrocharse el pantalón. Trató de ocultar el hecho vergonzantemente anti-estético y anti-moda con su preciosa camisita de seda color salmón. La imagen es importante para una gerente, sobre todo en una empresa de indumentaria femenina.
Volvió a ocupar su cabeza en la nueva colección winter-fall 2010, algo en ese trench con estampado cuadrillé no la terminaba de convencer. Un dolor agudo en el medio del pecho la transportó de vuelta a la realidad, el pantalón seguía contrayendo sus pulmones y disminuía cada vez más su capacidad respiratoria.
Atónita se levantó la camisa, miró hacia abajo y descubrió que la piel de la zona de su cintura estaba de color púrpura. Combinada con el salmón de la tela de la blusa hacían un lindo efecto, es cierto, pero eso no suprimía su preocupación ante el estrujamiento pulmonar. Advirtió, sorprendida, que era el pantalón el que se estaba encogiendo. Esta revelación refutaba su teoría del globo, y hasta le evitaba tener que preocuparse por la dieta, pero el aire que ingresaba en sus pulmones era cada vez menos y esa no era una buena noticia.
Pensó en contárselo a sus compañeros para encontrar en ellos algún consejo, pero claro, ¿quién iba a creer tan extraña confesión?, y, aún si lo hicieran, ¿quién iba a saber qué hacer? Volvió a trabajar sobre el trench con estampado cuadrillé en busca de algo de distracción, y la encontró.
Algunas horas más tarde en la pantalla de su monitor se podía apreciar, sobre un esbelto figurín, una de las mejores prendas de la colección. Todos los miembros del equipo quedaban estupefactos al verla. Sin embargo todavía no se sabe si lo que los hacía mantener sus ojos abiertos, casi sin pestañear, era ese precioso piloto o el cuerpo asfixiado de la gerente, que yacía sobre el escritorio con el pantalón desabrochado, ¡qué horror!


Noelí Juliá Rodríguez

lunes, 25 de mayo de 2009

Instrucciones para mirarse al espejo

Ese que está allí no eres tú, no te dejes engañar, lo notarás cuando adviertas que lo hace todo a la inversa. Procura no mirarlo fijamente a los ojos durante mucho tiempo o te horrorizarás con
lo que descubrirás. Sólo eres un alma divagando perdida en este mundo especular. No
perteneces aquí donde las formas y las figuras todo lo dominan.
El reflejo te recuerda lo que es importante para él no para ti, si aún así estás decidido a hacerlo
observa sin ver, parpadea rápido, hazlo como al pasar, búrlate de él, no dejes que saque lo
peor de ti, o mejor dicho que se te pegue lo mejor de él. Una vez que lo hace hay pocas
posibilidades de que puedas liberarte de él, serás su prisionero hasta tus últimos días. ¿Acaso
no te has percatado de que allí donde se velan los muertos no hay espejos? ¿Te preguntaste
por qué en lo sueños nunca aparecen? No eres algo que se refleje, no te dejes engañar por la
forma. Ese no eres tú.
Más allá de toda zona prohibida sólo un espejo refleja tu ser, y recorre las profundidades de tu
propia naturaleza. Así como el lago es el ojo de la tierra, enamorado del cielo en la alteridad, en el abismo que habita en los ojos de aquella muchacha enamorada de tu persona está la
verdad. Eterno el resplandor de su mirada inmaculada, reflejo de tu triste transparencia.
El espejo es la frontera que separa el fraude, la adicción, la credulidad ciega en esperanzas
infundadas de lo que eres en realidad. Un alma perdida en un mundo que no te pertenece, que
carga con la mochila de la apariencia en sus hombros, mero impulso de los deseos de
búsqueda de una identidad.
No le sigas la corriente, míralo sin ver, hay un alma allá afuera prisionera del espejo, buscando
al Narciso que le dé brillo con su mirada.
Juan Manuel Almeida

jueves, 14 de mayo de 2009

¿Qué hay que parar?

Yo no entiendo por qué siempre hacen paro, después se quejan de que los alumnos somos mediocres, que no damos lo que ellos quisieran, que es más alto el porcentaje de desaprobación, que no razonamos, pero, si nunca están para enseñarnos? Dos clases, 1 de paro ¡Que increíble! Se quejan del sueldo y en realidad ganan una fortuna. En el diario salió que un profesor gana alrededor de cinco mil pesos, la ciudad de buenos aires está empapelada con carteles que dicen que un maestro gana tres mil veinte pesos ¿Cuántos argentinos quisieran ganar esa cantidad de dinero?
Yo no puedo comprender porqué tanto lío, están en blanco, tienen las vacaciones más largas que haya conocido. Quieren que se les pague a los Ad honoren, pero si el nombre de su cargo indica que lo hacen gratis. Es increíble que pidan mayor cantidad de docentes poniendo la excusa que son muchos alumnos, cuando si el docente es bueno, no importan los números. Les proporcionan hasta equipo de sonido para dar clases, para que no se les dañen las gargantas y todos podamos escuchar claramente.
Se quejan de que el país anda mal, pero protestan porque al lado del aula están en una obra en construcción, parece que sólo piensan en ellos. En cada obra hay muchísimos empleados, seguramente trabajando en negro y ganan la mitad que ellos, pero que están agradecidos de la vida por tener trabajo. Es increíble que se quejen cuando ningún alumno tiene que pagar un peso por estudiar una carrera universitaria, donde hay decenas de edificios que son públicos para estudiar, que tienen agua corriente, luz eléctrica, gas natural y baños en todos los pisos…Yo creo que se quejan para no trabajar, porque en realidad ellos mismos se dan cuenta que no es muy necesario enseñar, y menos en Ciencias sociales, donde basta con leer y conocer textos que nos son accesibles a todos.

Me pregunto quien es el grupo de infelices que quieren que pensemos esto exactamente de esta manera, me pregunto a que grupo de ignorantes les conviene que seamos más ignorantes que ellos, me pregunto porqué les conviene a ese grupo que se desprestigie la educación de tal manera. Me pregunto el porque de que en vez de gastar cientos y cientos de miles de pesos en hacer carteles, o merchandising para poner al pueblo en contra de los docentes, no invierten en futuros profesionales que puedan sacar al pais adelante, o sea, en educación. Me pregunto si sabe ese grupo de ignorantes que el médico que cura a su hijo tuvo que estudiar para poder atenderlo, o que el arquitecto que construyó su “pequeña” casita, tuvo que hacer infinidad de planos para recibirse, o que el que diseñó su cuatro por cuatro estuvo 6 años volviéndose loco con infinidad de libros, o que el que escribe el diario que lee todos los días se tuvo que estudiar a medio universo para aprobar un examen, o que el que diseñó y desarrolló la ruta que lo lleva de vacaciones a Cariló tuvo que hacer miles de ejercicios teóricos para que le entregaran el diploma, o que el que pensó e ideó la forma de gobierno y el sistema económico que parece, aunque se quejen, les ha convenido siempre, ha tenido que estudiar cientos de teorías antes de poder plantear esta nueva revolución capitalista.
¿Qué hay que parar? ¿Qué se para? Quizás se para de seguir en esa inercia hacia atrás, se para de aceptar los dedos en la nuca o el pie en la cabeza. A lo mejor se para a la imposibilidad de crecer, quizás se para a sus ansias de tener más.
No hay clases por paro, es quizás una de las peores combinaciones de palabras que puedan existir. Pensemos en esto, tener que dejar de educar para que se pueda seguir educando, es terrible. Y lo tremendo se encuentra en que es la única salida que ha quedado luego de abrir todas las puertas visibles.¿Habrá una puerta escondida detrás de alguna biblioteca?
Érica Casarin Novak

miércoles, 6 de mayo de 2009

Dudando pasados

Mentiría si ya de arranque omitiera el minúsculo dato de decirles que soy un mentiroso. Y es que siempre ando mintiendo para hacer reír a la gente, ¿vio? (diría Inodoro Pereyra). Y no es porque esté descontento con mi vida, no señor, pero de a ratos es lindo el juego de creerse otro, solo para ver qué se siente en el ojo ajeno, porque el propio no se la cree ni mirando así doblado.
Bueno, he comenzado por mitigar absurdos e incomprensiones y ahora siéntese gente y crea si mes creyente, que de mi historia les he de contar pa qui alguno se deleite.
Nací de Santa María siempre…y no siga pensando más buen hombre, porque soy el segundo de cuatro. Casi como la mitad de un tercio. Mi viejo es pediatra, trabajador, sufrido y perspicaz. Soñador como su crío. Ha transpirado tantos caminos que a veces lo creo sabio, aunque no por gastar los zapatos se sabe más de la vida.
A la vieja la criaron bien, como era debido. De modales y diplomacias cortesanas ella hubiese sido Isabel I, pero los tiempos y los dogos arruinan la piel del zorro. Qué se le va a hacer. Fuimos cuatro los bañados bajo la santa pila, con cuatro nombres de santos, con cuatro cunas distintas, pero educadas bajo las mismas palabras.
Y aquí me detengo porque a uno se le hace difícil entrar a barrer la despensa sin tirar algo al suelo. Y miren si seré tosco que hasta barriendo recuerdos siempre tiro algun frasquito, como si fuera un elefantito encerrado en un gran ropero. Así lo decía mi viejo.
La familia es cosa seria. Y las mujeres lo son más, porque son las mas sensibles y si uno las descuida se pierden la penitencia pero si unos solo las cuida se amargan en la abstinencia. En mi familia hay dos, cosa difícil las mujeres.
Ya desde chico salí criticón. Que no, que sí, que vos, que yo. Siempre creí tener la razón y me inventaba penales. Nunca oía que me dijeran alemán, ni por haber nacido en la final del mundial.
Debo reconocerlo, el humor bien presentado no es mi fuerte: es mi debilidad. Si vieran cómo me gustan los chistes bien contados. Pero ante todo soy tipo serio porque la que me vistió de nene fue mi madre, con cierta sobriedad escandalosa para mí, y no mi padre, que al igual que yo nada sabe sobre ropa.
Entre tantas apuradas, mudanzas, amigos y perros, diagramé mi infancia llena de dulces memorias que no les voy a contar. Porque cada vez que las desato, las pilcho con moños nuevos. Y a veces pienso que de tanto barullo no me sé la versión sincera y guardo frasquitos nuevos en el lugar de los viejos.
Mi vida adolescente aguantó grandes injurias. La soledad desmedida y las peleas de corral, fueron forjando mi afán de brincar bajo la lluvia. Hoy, Dios mediante, estoy en equilibrio, gracias al amor de una dulce muchacha, libriana ella, de nombre Maria Magdalena, ¿dígame si no es coincidencia?...Siempre fui un tipo soñador, con amores a la deriva y memoria para lo que importa.
Agobiado por mi utilidad, no supe qué hacer con mis manos hasta que las humedecí en tinta y les susurré mil historias. Oí una vez por la radio que había una tendencia suicida en la sociedad. Ahí aprendí mi vocación, mi sentido y empecé a trabajar de ello, de suicida. Mataba lo viejo y pensaba lo nuevo. Llegué así a los quince años a una verdad inobjetable: “pienso, luego escribo”. Palabras que esconden una filosofía de vida.
Todo ha venido para dar forma a lo que uno comúnmente dice “mi vida”. Un complejo ida y vuelta de fracasos y logros, caprichos y pensamientos, que no he pasado de retocar y transformar cada vez que me miro hacia el pasado, y que muy por seguro seguiré haciendo. ¿Quién os dice que no lo he hecho con esto? He ahí la verdad más verdadera, un mentiroso realmente no encuentra límites ni en sí mismo.
Pedro Galmes

lunes, 13 de abril de 2009

Las nenas bien no dicen culo

-¡Culo!-, dije mirando a mi mamá, demostrando mi adquisisión, la nueva palabra aprendida. -Las nenas bien no dicen culo-, fue la respuesta.
Creo que le salió bastante bien, desde entonces me dediqué a ser una nena bien. Aunque tal vez mi papá no pensó lo mismo el día que, a mis 17 años, me habló de las ventajas de estudiar ingeniería industrial. -No, pa. Quiero ser periodista.-
Si alguna vez digerió la idea, o está en camino de hacerlo, debe ser porque responde al patrón familiar. Abuela paterna: filósofa, abuelo paterno: médico. Abuela materna: pianista, abuelo materno: médico. Madre: bailarina, padre: ingeniero agrónomo devenido en empresario. Está bien, que la nena estudie Comunicación, ya tenemos al nene arquitecto.
Dicotomías existen en mi desde el 23 de noviembre de 1989, desde que nací. Por un lado, la familia de los libros, de la música, de la cultura. Mi abuela materna me enseñaba a tocar el piano mientras mi abuela paterna me regalaba El principito con una promesa: algún día lo vas a entender. Crecí sin nunca haber visto menos de dos libros en la mesa de luz de mi papá, a pesar de la ingeniería industrial.
La otra parte, la familia de los números, tardó más en llegar. En mis primeros años de vida en Tucumán, donde mi papá tenía un campo de limones, no estuvieron presentes el diario La Nación, la imperiosa necesidad de una casa más grande y un auto más nuevo y los uniformes de colegios privados. Eramos “pobres, pero pobres de verdad”, según mi mamá. Quedan de esa época fotos donde lusco mis rodillas llenas de tierra y una temible cara de mala que evidencia que estaba jugando a Rambo con mi hermano. Todavía no era una nena bien.
Me acerqué más cuando me convertí en una chica de departamento. De los 3 a los 9. Seis años entre paredes y bajo un techo. Buenos Aires, donde nos habíamos mudado, ya había dejado de ser un lugar donde se podía jugar en las plazas. Fue en esa época cuando declaré que quería ser escritora, ¡no!, mejor escultora, ¡no!, mejor tenista número uno del mundo. A lo mejor en ese punto empezó la transición, que se vió finalizada cuando me decidí por bióloga marina. Fue también en esta etapa cuando aprendí que las nenas bien no dicen culo.
Dato que, cuando me mude a Trenque Lauquen, provincia de Buenos Aires, ya tenía bien interiorizado. En los seis años siguientes descubrí todo una serie de novedades: se puede ir en bicicleta a la escuela; la calle no es un lugar que sólo se transita para ir de un colectivo a otro; existe un placer sin causa aparente en sentarse en la vereda durante horas; convivimos con unos seres denominados vecinos a los que se les dice “buen día” a la mañana y se los invita a comer asados eventualmente; la cantidad de ázucar que se le pone al mate es inversamente proporcional a la edad que se tiene; pasar las siete tardes que tiene una semana durante las cuatro semanas que tiene un mes con amigas es una regla incuestionable, inamovible, un mandato divino.
Un día, de repente, me encontré tomando mate amargo, la azucarera ya no estaba presente en la mesa. Desde entonces, los momentos compartidos con esas dos chicas que hoy considero como lo más incondicional en mi vida consistieron en menos juego y más conversación. Conversación cuyo eje cambió radicalmente. Ahora, las tardes en la vereda tenián como objetivo ver a aquel vecino mio que le gustaba a Sofi, o a aquel vecino de Sofi que me gustaba a mi. Ahora, los debates consistían en qué nos ibamos a poner para una fiesta de quince para la que todavía faltaban meses.
Mientras tanto, ya no eramos “pobres, pero pobres de verdad”. Y yo tenía que actuar en consecuencia. El deseo familiar se creía en vías de ser cumplido: quería estudiar medicina. Sin embargo, el momento de la nena bien por excelencia llegó cuando cumplí 15 años. -Pero te vas a hacer un montón de amigas nuevas y vas a seguir en contacto con las de acá-, la frase de consuelo pre-mudanza más trillada en la historia iba dirigida a mi. Pasó el verano y llegó San Isidro.
Hoy miro esos tres años en los que usaba pollera escocesa cinco días a la semana como si se tratase de otra persona, con otras prioridades a las que luego entendí que siempre tuve pero eclipsadas durante un tiempo. Uno de esos momentos considerados “situaciones límites” me hicieron dar varios pasos hacia atrás, a esas tardes eternas de mate y a toda la carga de valores que conllevan. El problema es que la familia de los números ya estaba consolidada y coincidía con la pollera escocesa.
Mi segundo año de facultad me encuentra en una encrucijada. Quizás mañana lea estas palabras y las considere aún más ingenuas de lo que las veo hoy, como la visión que tenía de mi misma cuando recién estaba llegando a los 20 años y todavía no me había dado cuenta de las ventajas de estudiar ingeniería industrial. O, tal vez, reconosca en ellas el germen de lo que seré en ese momento, y busque entre mis cosas “El principito” para regalárselo a mis hijos con la promesa de que algún día lo van a entender.

Lucila Pinto

jueves, 4 de diciembre de 2008

Otro buen cuento: Espejos

El despertador ensordecedor sonaba y sonaba hasta que un brusco manotazo logró callarlo. Encendió el velador de al lado de la cama, se levantó refunfuñando como todas las mañanas. Prendió la luz de la habitación sin importarle que su esposa aún durmiera, ésta se dio media vuelta y se tapó con la almohada. Él sin inmutarse siguió con su rutina, buscó en el placard uno de sus trajes, lo apoyó sobre la silla y se fue directo al baño. Luego de una ducha rápida se cambió y salió disparado para la oficina. Ni bien estuvo sentado en el auto para emprender el viaje comenzó a sonar el celular, sin darle mayor importancia, prendió un cigarrillo y salió.
El tráfico era un caos, día de semana, hora pico, imposible llegar a horario, sin importarle nada, ni el que venía atrás ni el que doblaba, él se mandaba igual. Sólo respetaba los semáforos. Una persona con cero paciencia. No tenía muchos amigos y a los pocos que tenía ese título les quedaba grande. Entrado ya en el micro centro, dejó el auto como siempre en uno de los estacionamientos que se encuentra a unas pocas cuadras de plaza de mayo, entregó la llave a los muchachos y se fue. Caminó hasta la empresa, fumando como de costumbre, esquivando a la multitud, chocándose con más de uno y maldiciendo por dentro, mirando con cierta lástima y frialdad a las personas y niños que estaban pidiendo o vendían alguna cosa. No eran de su agrado.
Mientras tanto en su casa, su esposa se preparaba para empezar el día, levantó a los niños, luego de desayunar los llevó al colegio. Se turnaban para llevarlos pero hacía ya un tiempo que su esposo no tenía tiempo ni para eso. Sus hijos lo adoraban, siempre lograban robarle una sonrisa pero él pasaba más tiempo en su oficina. Últimamente vivía agobiado y estresado.
Subió hasta el quinto y entró con ese aire de superioridad y de ganador, con esa mirada despectiva, sonriendo falsamente. Se internó en su oficina, colgó el saco en el respaldo de su sillón y pidió un cortado. De más está decir que el gracias y el por favor se los llevó el silencio. Firmó unos papeles, hizo un par de llamados y salió a su almuerzo de trabajo, como todos los miércoles. Fumaba como un escuerzo, muchas veces intentó dejar pero el vicio era más fuerte que él. Su esposa llamó para recordarle el acto de su hija, como otras tantas veces, juró que asistiría.
Otra vez en la calle, donde la cortesía brilla por su ausencia, salvo en algunos pocos, con sus ruidos aturdidores, bocinas, bullicio, cada uno en su propio mundo, gente esquivando gente, caminaba. Como todos los miércoles, se dirigió directo a la habitación 87 del hotel Castelar, allí lo esperaba ella. Sin decirse nada se besaron desaforadamente, despojándose de sus ropas, dejándose llevar por el deseo, fundiendo sus cuerpos en uno, presos del pecado y la traición, olvidándose por un instante del mundo. Al terminar, encendió un cigarrillo, se vistió rápidamente y volvió a la jungla porteña. Cruzó la 9 de julio, otra vez lo mismo, gente que iba y que venía, se metió por Florida pensando que iba a llegar más rápido, qué iluso, la gente estaba por todos lados.
De pronto comenzó a aminorar la marcha, se sentía exhausto, un sudor frío le corría por la frente y comenzó a desplazarse por el resto de su cuerpo, su rostro estaba pálido, dio un par de pasos más y se frenó del todo. El mundo le daba vueltas, fue perdiendo el equilibrio, los ruidos se volvieron lejanos, puntadas como cuchillos se le clavaban en el pecho, el dolor se hizo presente e insoportable. La vista nublada le impedía diferenciar figuras, los colores fueron fundiéndose en uno solo, no vio más nada, todo se oscureció y cayó desvanecido. Una muchedumbre se agrupó a su alrededor, de repente se ve a sí mismo, ahí tirado sobre el asfalto. Ahora era uno más entre la multitud, nadie parecía notarlo.

Al principio no lograba comprender qué me pasaba, me acerqué a la multitud, estaba ahí en el suelo, paralizado, dormido profundamente, nadie sabía bien que hacer, intentaban socorrerme. Una mujer le gritaba a un policía pidiendo auxilio, otro hombre llamaba por teléfono a la ambulancia. Me acerqué a mí, tímidamente, con un poco de miedo e incertidumbre. No podía creer lo que veía, ¿qué me estaba pasando? ¿Ese era yo?, me llené de pena, me vi a mi mismo como nunca me había imaginado, vi a un hombre con un rostro demacrado, fiel reflejo del paso de los años, triste, ojeroso, a mi lado el maletín de siempre, gastado y con el cuero rasgado, mi celular sonando. De pronto, algo me distrajo, la sirena de la ambulancia se escuchaba cada vez más cerca. Me subieron en una camilla y me llevaron.
Vi como se alejaban pero yo seguía allí, observándolo todo. En ese momento recordé el acto de mi pequeña, miré el reloj y comencé a correr por la ciudad hasta que llegué al colegio.
Llegué al colegio, vi a mi pequeña, su carita triste, de decepción y de enojo me partieron el alma. Me acerqué para abrazarla, ella siguió caminando. Una lágrima rodó por su mejilla, con el puño del guardapolvo se la secó y salió al escenario. Mi esposa la abrazó y le dijo al oído: perdónalo, papi anda con mucho trabajo últimamente pero no te olvides que te ama. Terminado el acto, volvieron a casa.

Los niños merendaban, su esposa los observaba con cariño pero su mirada era triste. Mientras ordenaba la habitación, notó en una de las camisas de su esposo unas manchas de labial, impregnada de perfume importado. De uno de los bolsillos vio caer una tarjeta, alcanzó a leer “Hotel Castelar, habitación 87”, la interrumpió el sonido del teléfono. Corrió a atender. Le dieron la noticia.
El tiempo pasaba. Nadie salía del quirófano. En el pasillo ella lo esperaba, muerta de miedo y llena de dudas.


Ahí me vi de nuevo, lleno de tubos y cables conectados a mi cuerpo, escuchaba aquél marcapasos, era mi corazón el que latía. No podía creer lo que estaba pasándome. Salí al pasillo, empecé a caminar por el hospital. Vi a mi mujer, preocupada, con esos hermosos ojos brillantes, llenos de tristeza, contenía las lágrimas.
En ese momento toda mi vida pasó como un flash por mi cabeza, me llené de angustia, de culpa, los recuerdos comenzaron a bombardearme de la forma más cruda, aquellas inocentes miradas de decepción de mis hijos, se clavaban como puñales en mi pecho. Las imágenes iban pasando por mi mente cada vez más reales. Vi a mis hijos dormidos de tanto esperar, abrigados para salir a ningún lado, esas caritas esperanzadas que miraban sin cesar la puerta que nunca se abría. La vi a ella, mi fiel compañera, mi amor, preocupada. Esperando con la cena servida, hasta que el cansancio se apoderaba de ella. Recordé nuestras primeras navidades donde las risas eran eternas y jugábamos con los niños al dígalo con mímica, al pictionary o al monopoly.
Recordé aquellas fiestas sociales en las que mis “amigos” me cambiaron por un par de billetes. Entre todos esos recuerdos me volví vulnerable. En lo que ahora pienso es en cambiar las cosas, arrepentido y avergonzado de mi ser pero ¿cómo?, ¿cómo remediar todo ese daño causado?, ¿cómo podré volver a ver a mis hijos a la cara sabiendo que les he fallado tantas veces?, ¿cómo explicarle a mi mujer que me dejé caer en la rutina y llegué a engañarla?

Luego de varias horas de cirugía volvió en sí. Una fuerte luz lo encandilaba y terminó por despertarlo, la cabeza se le partía del dolor, pidió con urgencia ver a su esposa. Se había dormido en la sala de espera, en uno de los “cómodos” sillones. Un médico se acercó y la despertó, ella acudió enseguida a la habitación no dijo palabra alguna, sólo se dedicó a escuchar. Entre silencios incómodos y miradas acusadoras, tristes e incomprendidas su esposo rompió en un mar de llanto. Arrepentido, pedía perdón, y le pedía comenzar de nuevo. Ella comenzó a llorar a su lado, le agarró fuertemente la mano, lo besó. No era el mejor momento para tomar decisiones.
Una fría brisa se coló por la ventana de la habitación y les causó escalofríos. Todo estaba en silencio, las lágrimas seguían rodando por sus mejillas y sin parar de mirarse buscaban consuelo el uno en el otro.
Aquel sudor frío del medio día volvió a hacerse presente en su cuerpo. Su rostro volvió a palidecerse, se sentía mareado, su corazón latía cada vez más rápido. Comenzó a temblar, las puntadas como cuchillos volvieron a sentirse en su pecho, apretó la mano de su mujer con fuerza, sonrió y en un instante se sintió en paz, tranquilo, ya no era dueño de si mismo, ya no podía controlarlo todo. Sus ojos se cerraron.
Su mujer corrió al pasillo en busca de un médico, desesperada. Era demasiado tarde.
Betania Salas