miércoles, 10 de noviembre de 2010

Una mañana cualquiera

Siete de la mañana. El despertador suena con ese sonido molestísimo pero eficaz, que hace que uno indefectiblemente se tenga que despertar y apagarlo si no quiere sufrir un colapso mental. Los dos se tienen que levantar a la misma hora, ella para ir al trabajo y él para hacerse unos estudios. Pero primero lo primero: estirarse para un lado, para el otro. Sentir sonar cada una de las vértebras, darle un beso, contar hasta cinco con los ojos cerrados y por fin incorporarse. Sentarse en el inodoro todavía con los ojos a medio abrir y la luz apagada, darse cuenta que se acabó el rollo. “Claro, como él no lo usa no lo cambia, después de todo este tiempo todavía no aprendió. Increíble”. Lavarse la cara y dirigirse a la cocina, los fósforos también se acabaron, la caja está vacía. Contener el grito cuando descubre un encendedor azul, que soluciona temporalmente el problema. El agua ya está esperando para hervir, por suerte todavía hay pan para las tostadas, que ya están calentándose. Ahí aparece él, medio dormido, con una pregunta que en realidad no es del todo una pregunta: “Año nuevo lo pasamos con mi familia, ¿no?”. Inmediatamente, terminando con la calma de la mañana, cada uno empieza con argumentos larguísimos, casi inservibles ya que prácticamente ni se escuchan. Que ya fuimos el año pasado, que yo también quiero estar con mi familia, que a tu mamá no le caigo bien. El volumen empieza a elevarse, los rostros están cada vez más rojos, los ojos de ella se llenan de lágrimas de rabia. Todo se complementa con el olor a quemado de las tostadas, y el ruido insoportable de la pava que lleva un rato silbando. Sin pensarlo la agarra, justo cuando él está ganando la discusión, o eso cree. Lo que parece ser su frase final, nunca llega a concretarse. Una ola violenta de agua hirviendo lo envuelve, impidiéndole seguir. Ahora la va a escuchar.
Lucía Czernichowsky

lunes, 8 de noviembre de 2010

Amores Platónicos


Es un día complicado en el laburo. Los papeles se acumulan en mi escritorio formando una torre descomunal. Las urgencias y llamadas van marcando el ritmo del día. Miro el reloj, ya son las 9:30. La presión de las responsabilidades asumidas se trasladan a mi cabeza. La taza de café colmada hasta el borde se enfría en mis manos, como también sucede con mi vida, sin poder hacer nada al respecto. Hoy no es el día para replantearme las cosas que hice años atrás. Ni hoy, ni ningún otro día. El pasado solo me ha anclado en un paisaje ficticio del cual nunca quise despedirme. No es el momento ni el lugar. Sin embargo, hoy te pienso tan fresca como el primer día en que te conocí.

La voz de Torres me hace volver a mi trabajo solo un momento. “¡Eh viejo! ¿Qué estamos esperando? ¿Qué? ¿Los papeles se mueven solos hacia mi escritorio?”. No es de la gente que mejor me cae Torres, un tipo muy sarcástico. Ese humor ácido que tiene, algún día le va a jugar en contra. Siempre se lo dije, pero creo que mucho no le importa. Mientras mastico mis pensamientos, dejo las carpetas en el archivo. Voy por la segunda taza de café. La primera fue un fiasco, no he llegado a tomar ni un sorbo. Trato de volver a concentrarme, pero quedo solo en eso: un intento. Al llegar a mi escritorio las acciones vuelven a sucederse una tras otra como si todo hubiese pasado el día de ayer. El primer amor nunca se olvida. Eso dice el dicho popular, pero me niego a creerlo. Confieso que lo usé como excusa un par de años, pero no me basta para a entender todo lo que siento.
Todos en el despacho corren hacia sus puestos de trabajo, ha llegado la jefa del sector. Una mina muy dura, la “chancha” Gutiérrez. Ese apodo no se lo ha ganado por vigilante, aunque bien podría haber sido. La “chancha” Gutiérrez tiene un físico que no pasa desapercibido. Menos que menos para Torres, que para las jodas está a la orden del día, y la bautizó en menos de dos semanas. Tipo jodido este Torres. Es algo irónico, pero ante la mirada fija de Gutiérrez, yo solo puedo ver tu sonrisa. No entiendo por qué es el recuerdo más nítido que tengo de tu presencia.

Mientras cargo en la computadora los últimos pedidos que quedan pendientes, pienso en la vuelta a casa. Hoy es viernes, la estación de trenes se encuentra colmada como un hormiguero. Otra vez sentir el ambiente espeso, los muchachos apretando para entrar, las mujeres quejándose de un servicio ineficiente a viva voz: otra odisea para salir de la capital. Si solo fuera un día, pero la rutina te lo presenta como una pesadilla. Me resigno, fue mí decisión mudarme tan lejos. “¡Pilar es una buena zona si tiene un autito, olvídese!”. Pensar que con eso me enganchó el propietario. Nunca pude comprarme un auto, menos con lo que pago de alquiler. Cada vez que llego del trabajo me siento a recordar nuestro vecindario. Las calles de nuestro barrio fueron testigos de esa tarde de abril en la que te conocí. Salíamos de la escuela y nos cruzamos en el kiosco de la vuelta. No tenías papel, no te preocupó. Anotaste mi mail en tu mano y con una sonrisa prometiste que nos mantendríamos en contacto. Te alejaste por el sendero que forma el boulevard. Desde ese momento nos fuimos conociendo lentamente. Todos los recuerdos que aparecen en mi mente son de esa manera, en cámara lenta. No me preguntes el porqué, pero en ese momento supe que nunca te olvidaría.

Anoche no he dormido de la mejor manera. Ya no me puedo dar esos lujos. El cuerpo no aguanta de la misma forma, cuesta todo el doble. Las prioridades del día de hoy ya las he pasado para mañana. Hoy no estoy dispuesto a ser “el empleado del mes”. Siempre me he jugado por la empresa y no he obtenido nada a cambio. Mientras corrijo unos documentos, me pongo de reojo a ver los avisos clasificados. Es algo que hago usualmente, aunque todavía sin éxito. No es que no crea en mis capacidades pero mi edad siempre me cierra las puertas de las mejores empresas. A simple vista ya no soy un adolescente, las arrugas de mi rostro me delatan, la vida ha seguido su curso. No me puedo quejar. Tengo una esposa y dos hijos. El trabajo y las obligaciones en casa ya han atropellado mis últimos intentos de felicidad hace bastante tiempo. Quizás sea ese el motivo por el cual hoy vuelvo a recordarte. Quizás seas la única prueba fehaciente que queda en píe. La prueba que me indica que alguna vez fui feliz. Que supe encontrar en tus ojos el sentido de mi propia vida. Hoy no me queda nada.

El teléfono no para de sonar. Su sonido se funde en el tiempo junto al ruido de las calculadoras, máquinas de escribir y teclados. Toda mi realidad pasa a un segundo plano. No escucho los gritos de Gutiérrez, ya no me molestan. Saco mi vista de los avisos clasificados y trato de reflexionar. Me encuentro aquí, sentado en el sillón de mi escritorio, corriendo detrás del tiempo, sin saber hacia donde correr. Pienso en los momentos, las horas, los minutos que desperdiciamos sin saberlo. La arena del reloj ha sido muy fina y se nos ha escapado grano a grano de las manos. De nada sirve sacar a la luz las palabras que me han quedado en el tintero. Pero aún así lo hago constantemente, como una especie de castigo por no haberme animado a más.

Muchas veces pensé en llamarte. No lo hice nunca. Sin embargo, siempre quise saber de vos. Saber que pudiste llevar una vida plena y olvidar todo lo que hemos pasado para seguir adelante. Darme cuenta que este amor, que ha perdurado a lo largo de los años, es una cruz que llevo solo conmigo mismo. No tengo las agallas para descubrirlo. No tengo el valor para encontrarte cara a cara nuevamente y ver que me he quedado detenido en el tiempo.

Cierro mi último expediente y me largo del trabajo. Ya son más de las 18:30. Aflojo mi corbata, me arreglo como ha hace bastante no lo hacía. Sí, mi boleto hoy no tiene destino a Pilar. Quizás nunca más lo tenga. Vuelvo a mi barrio a encontrarte. Lo hago sin pensar nada sobre seguro. Vuelvo porque nunca me fui realmente. Vuelvo porque estar con vos es mi destino.
Gonzalo Cortés

domingo, 7 de noviembre de 2010

Nunca más podré

Vuelvo a pensar que quizás hubiera sido mejor abandonarme en el tiempo. Fue gracioso entrar hoy al bar de Ale y ver su intento. Pobre, ella sabe que no va a poder conmigo pero sigue probando. Me senté en una mesita y la escuché susurrar algunas palabras con el colo. Yo estaba concentrado en la ventana, miraba a una nena pasar, era como cualquier día. El sol daba justo por el espacio transparente en frente de mis ojos y yo miraba distraído a la nena cruzando la calle, cuando sentí al tiempo detener su marcha. Un fuerte olor a coco de pronto lo interrumpió todo. Cerré los ojos fuertemente y te vi reina, me sonreías. El olor a coco era demasiado potente y tu sonrisa me aseguró por unos instantes la perpetuidad. Me levanté creyendo que podría llegar a encontrarte en medio de la ola de calor que atraviesa de par en par Buenos Aires. Todavía no llegó la primavera. Me duele este calor que se anticipa. Me duele saberme solo en medio de la nada que es mi vida.
Como era de esperar, tu figura no estaba allí. Todavía tenés memoria y sabés que no podés regresar a ciertos lugares. Ale estaba asustada y el colo me miraba preocupado. ¡Qué papelón debo haber hecho! Me gustaría que eso me molestara de alguna forma; pero vos bien sabés que no es así. Volví a casa molido como un paquete de harina extra fina. Me dolían las piernas y casi no veía nada. Logré subir por las escaleras y abrir la puerta.
Acá estoy, sí otra vez, acá estoy. Quisiera escribirte tantas cosas. Estoy ansioso aunque sé que no es el día de nada. Vos sabés que siempre me costó escribir, y pensar y saber. En cambio tus palabras solían ser tan sabias mi amor. Todavía hoy cuento los días y hasta los segundos. Pasan mil cenas. Me duele esperarte entre la carne y la cama; me duele no soñarte y me duelen tus sueños de actriz ilusionada con la fama. ¿Alguna vez fuiste de verdad reina?
Ale, los chicos, la gente, todos me dicen que deje de pensarte. Como si pudiera. Te fuiste con el impostor. No, no puedo nombrarlo a él porque es un asesino. Me dejó sin merienda, se robó la mueca que alguna vez tuve en mi cara. Me quitó lo que pasa entre acostarse y levantarse.
Te fuiste hace unos meses como se va quien nunca llegó. Te fuiste silenciosa. No escuché tus gritos cuando te vi partir. ¿Lo de las valijas fue de verdad? La escena fue tan de película que creo que ni vos lo creíste. Sé que en el fondo estabas llevando a cabo una obra, mi amor. Yo solo espero que se te agote el repertorio del impostor y que vuelvas a las tardes de mate. ¿Por qué sigue en mi cabeza este puto olor a coco?
La conocí a ella, no es nadie en particular. La conocí hace unos días pero todavía no me animaba a escribírtelo. Su perfume sería como de flores. No sé si te gustaría verla porque no se te parece. Es una buena chica y Ale está entusiasmada. Yo no entiendo este afán por eliminarte de mi vida. Es una buena chica y es prolija y huele a flores. Creo que voy a intentar describirla otro día porque todavía me pesa el cuerpo y sé que necesito dormir.
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Me arrepiento de haberte soñado por tantas noches. Volviste. Él se fue, yo intentaba rehacer mi vida, pero él se fue y vos volviste. No entendés ni por un segundo lo que me dolió respirar cuando te vi parada en la puerta con esa cara tan cínica que acompañaba a tu figura delgada. ¡Y yo escribiéndote! Sigo haciéndolo. Entraste de una forma tan altanera, creyendo que todo lo que quedaba acá era tuyo de alguna forma. Si te hubiera permitido penetrar mi corazón, en ese segundo que tocaste la puerta, estoy seguro que te hubieras abalanzado al sillón y prendido la tele, como si los meses nunca hubieran estado de por medio. Como si todo esto fuera un pasado- presente, una pesadilla que soñé durante tiempo. Y tus gritos. Esa fue la peor parte. Tus gritos cuando la viste salir de la habitación acompañada por una bata de algodón. Me dio miedo tu reacción. Me dio miedo su reacción. Sé que te gusta el teatro mi vida. Y ayer ella encontró todas estas notas que te escribí durante meses y también se fue. No vuelvas más. O sí, volvé y abrazame porque ya no puedo sostener este dolor. Tu cara tan cínica mirándome por la entrada de mi casa. No es más tu casa. Ya no huele a ese complejo de reina que tenías. Pero bastó que traspasaras la puerta, que te pelearas a los gritos con la pobre niña, para que mi persona por completo diera vuelta. Sentí por un momento el peso de los hombres y tuve miedo de desparramarme entero por el piso. Ella se fue, él también se fue, y otra vez somos solo vos y yo. Y no te quiero ver. No lo quiero, sé que no me lo tengo que permitir, pero no puedo más luchar contra mí. ¿Qué hago con esta locura que siento? Estás tocando timbre y necesito terminar con esto. Te voy a dejar porque sos un mal vicio, te juro que voy a quemar todas estas cartas y te voy a dejar en el tiempo. Solo necesito una noche más de amor con vos. Después andate reina.
Yo creo que nunca más voy a poder sacar este olor a coco que tengo penetrado en el interior de mi ser.
Carla Castro

martes, 2 de noviembre de 2010

Camino

Caminó por la vereda oscura y fría. Todas las noches era la misma acera, de la misma mano. No sabía por qué, pero jamás cruzaba hacia la otra. Nunca tomaba un recorrido distinto.
Odiaba volver a esas horas de la noche. Generalmente la vuelta a su hogar rondaba entre las 22.30 y las 23 horas. En el invierno creía no sentir sus extremidades, ya que el frío hurgaba por sus huesos sin piedad. Tampoco sabía por qué no dejaba ese trabajo. Él era un hombre solitario, no tenía hijos, ni mujer, ni siquiera una madre a quien cuidar. Sin embargo, pasaba doce horas diarias en aquella vieja fábrica que sólo lograba producir pérdidas, y que quizá, prontamente, terminara en la quiebra.
Cuando bajaba del tren, caminaba unas quince cuadras hacia su casa. Durante el invierno, creía que eran cien, y cada paso le parecía una eternidad. Prendía un cigarro tras otro con el objeto de reducir las cuadras. En realidad, pensaba que apurarse tampoco tenía sentido, ya que lo esperaba una casa sucia y abandonada, comida fría en la heladera y el iluminar de un pequeño farol viejo sobre el costado de su cama, que junto a su gran colección de libros, entre los que se asomaba Operación Masacre, que lo estaba terminando de leer por séptima vez, lo ayudaban en las madrugadas de insomnio. Por el piso, había papeles desparramados, fotos, recortes de periódicos, mentiras impresas en los diarios. Blasfemias que no podía olvidar.
En cambio, en las noches de verano, disfrutaba del viento que solo sopla en esas horas, y la vuelta hacia su hogar se transformaba en la felicidad del día.
Ernesto caminó esas mismas cuadras durante quince años, hasta que aquella noche oscura y helada, el escalofrío y la culpa eterna invadieron su vida.
En la esquina, donde siempre encendía su segundo cigarro, oyó el grito desgarrador de una mujer. Lo sintió tan cerca, tan propio, que se asomó para ver que ocurría. Pudo ver como un hombre ultrajaba a una mujer joven. Imágenes estremecedoras atravesaban todo su cuerpo. La mujer intentaba gritar de dolor, y el hombre le susurraba cosas obscenas, al mismo tiempo que las concretaba. Se le cruzó por la mente su realidad y su vida, podía imaginar a su propia esposa, gritando de terror, mientras esos hijos de puta vestidos de civil la torturaban. Pudo ver como el hombre se reía, cuando introducía sus piernas entre las de la joven, y la amenazaba con una navaja para que no pidiera ayuda. Ernesto caminó lentamente al lugar donde se efectuaba la vejación, el crimen que le recordaba el peor momento de su vida, la fecha exacta en que se quedó solo. En un silencio infinito, tomó el revólver que llevaba siempre en su cintura, porque sí, porque allí lo tenía a toda hora, por si se cruzaba con esos hombres que hacía treinta años le habían robado los sueños. Le gatilló en la cabeza. La mujer, cubierta de sangre ajena, quedó petrificada, no lograba entender, apoyada contra la pared se deslizó lentamente hasta quedar sentada en el suelo y comenzó a llorar.
Ernesto la miró y continuó el camino hacia su casa de rejas oxidadas y colores muertos. El resto de las noches las pasó en vela. No sabía si lo atormentaba haber asesinado a un hombre o haber presenciado esa terrible e inmunda escena, que le recordaba aún peores.
Desde aquella noche sus caminos de vuelta varían todos los días. Hasta que quiebre la fábrica.
Julieta Pros

martes, 19 de octubre de 2010

Corazones fríos

A veces es bueno pensar en el sufrimiento como el ruido. Cuando se sufre mucho de una cosa, cuando ese dolor es tan fuerte, los otros no se escuchan… tanto. Eso le pasaba a Ignacio, aunque no pudiera pensarlo. Porque eso es otra cosa que pasa cuando se sufre mucho, no se puede pensar. Y cuando ese sufrimiento es tan básico, y por básico es profundo, porque está en la base de todo, es el peor. Por eso, para Nacho las noches de julio tenían su lado positivo, siempre que el frío le hacía olvidar al hambre. Algunas veces, pasaba alguien que se compadecía de él y le daba algo para taparse, pero al rato pasaba Gustavo y se lo quitaba. Por eso ya no esperaba nada. Incluso había aprendido algunas cosas sobre la caridad. Sabía que no tenía que aceptar todo, que la plata era lo mejor, porque si le daban comida después iba a tener más hambre, y si le daban algo para tomar que lo calentara un poco, podía pasarle como a Paco… paco, la plata le servía para el paco, y le servía para el frío y el hambre, el paco… Por él, por Paco, había aprendido a rechazar el alcohol. No lo había entendido bien, pero Gustavo se lo había explicado. “Paco fletó por tomar el whiskey que le compró la careta esa”, le había dicho. Y también se lo había explicado la señora del gobierno. La que les llevó las frazadas nuevitas, esas que Gustavo se llevó para vender en Once. La señora le había dicho que cuando hacía frío no había que tomar, que te podías morir. Nacho no lo había entendido bien, él escuchaba sólo el hambre… y el frío… y también lo aturdía el paco… pero le creía, por lo que le había dicho Gustavo, y lo que le había pasado a Paco.
La madrugada se estaba terminando, así que Nacho había decidido apostarse. Eso es otra cosa que había aprendido de la calle. Echarse siempre cerca de donde paran los colectivos, y si es posible, cerca de los kioscos, para pedir las moneditas que les sobren a los viajantes. “Si viajan en micro, tienen monedas”, le había enseñado Gustavo. Así que Nacho había decidido apostarse y encontró un lugar junto a la parada del 140. Pasó caminando por detrás de la garita y sintió cómo los otros se incomodaban con su presencia. Había tres personas esperando el colectivo hacia el microcentro. Nacho se acercó a la muchacha del grupo y le pidió una moneda pero la chica simuló no escucharlo. Insistió con los varones, quienes le daban la espalda. Ante la negativa volvió a pedirle ayuda a la chica. “Ya di” respondió seriamente sin siquiera mirarlo, aunque su voz era tambaleante como el paso de Ignacio. Permaneció observándola unos instantes hasta que uno de los muchachos se interpuso entre ellos. “¿Pibe, no escuchaste que no tenemos?”, le dijo en forma intimidante. Pero el ruido hace que uno no se intimide. El otro muchacho se acercó al primero y le advirtió al mendigo que se fuera, pero Nacho permaneció allí sin oír, mirando el suelo, incapaz de reconocer otra realidad más allá de sus dedos congelados. Los muchachos se disponían a alejarlo por la fuerza, cuando la joven les advirtió de la llegada del colectivo.
El chofer observó cómo los tres jóvenes subían rápidamente a la unidad, como si huyeran de algún peligro. El último de ellos miraba sobre su hombro con desprecio a una cuarta persona que había quedado en la parada. En otras circunstancias, la situación lo hubiera puesto en alerta, después de todo, ya le habían robado en ese recorrido, pero como todos los sábados al amanecer el colectivo iba demasiado lleno como para que alguien intentara asaltarlo. Además, eran tres personas de bien. En todo caso algo les habrían hecho para que estuvieran tan alterados.
Si sabrá él de estar alterado. Era cierto que ese recorrido, a esa hora era mucho más seguro, pero también lo odiaba por la gente. En Belgrano se subían todos los putos que iban hacia el micro centro, y él no podía decir nada. Simplemente los observaba con asco por los espejos y lamentaba la decadencia. Los veía cómo se besaban y se retorcía del asco. Ese recorrido lo ponía de mal humor. Él no los discriminaba, porque sabía que era una enfermedad, pero eso no justificaba que anduvieran besándose por la vida, imponiéndole a los demás su decisión antinatural. Por sobre todo eso, ahora podían casarse y tener hijos. Allí estaban, besándose, obscenamente tomados de la mano, los padres y madres del mañana. No podía evitar recordar las palabras que el pastor había pronunciado el domingo, advirtiendo que si salía la ley vendrían muchos más terremotos y tormentas. El final estaba cada vez más cerca. No hay duda. Pero él estaba tranquilo, porque trabajaba por la salvación de su alma. Estaba llegando a la 9 de Julio cuando el timbre sonó de nuevo. Esta vez había sido una de las parejitas quien quería descender de la unidad. El semáforo permitía el cruce de la avenida, pero el chofer temió que cambiara de color en cualquier momento y siguió de largo. La pareja observó extrañada cómo el hombre ignoraba su pedido de parada y volvieron a tocar el botón rojo. “Ya”, respondió el conductor con sequedad y se detuvo en la parada siguiente.
Los dos hombres descendieron del colectivo y deshicieron el camino que éste había andado por demás hasta regresar a la avenida. En su interior, aunque el frío les hacía lamentar la caminata extra, también los alegraba la posibilidad de extender el tiempo juntos. Porque su amor tenía fecha límite. No su amor, sino la posibilidad de vivirlo. “¡Qué frío!”, dijo uno de ellos y el otro lo abrazó inmediatamente. El sol ya había salido y la gente empezaba a andar por las calles, pero para la pareja no existía nada por fuera de ellos. Caminaban en silencio ignorando las miradas de los porteros de los hoteles y los empleados que baldeaban las veredas de los teatros. “¿Vos no tenés frío?”, volvió a hablar el muchacho. “Estás temblando, no me acompañes, andate a tu casa” continuó con tono de sincera preocupación. “No hay frío que valga. Yo quiero estar con vos, y sé que es probable que esta sea la última vez que nos veamos.” Respondió conectando el cielo de sus ojos con el lago verdoso encerrado en los del otro. “Es probable…”, respondió el primero y abrió el juego para que el silencio hablara por ellos. Lo besó tiernamente y le confesó que lo quería, aunque no debiera. Admitió la unidad que conformaban de a dos, pero interpuso la incapacidad de abandonar toda una vida. El segundo lo escuchó atento, sin poder pensar en otra cosa que el deseo de estar juntos. Pronto, alcanzaron un kiosco sobre Cerrito, y el primero compró su boleto de vuelta. Caminaron hacia la parada del 129 y esperaron con angustia su separación.
La kiosquera veía desde atrás de su reja el amor de los muchachos. Ella lo entendía muy bien. Igual de intenso y esperanzador como el amor que compartía con su marido… Pero en nada comparable con el que sentía crecer en su vientre. Se había enterado esa misma madrugada antes de salir para el trabajo y no había tenido tiempo de ver al padre aún.
El chico de los ojos azules se había sentado sobre un pilar y el de los ojos verdes, que había comprado el boleto, lo abrazaba por la cintura de pie junto a él. Ella entendía cuánto se amaban en la forma de mirarse. Y ahora por suerte podían casarse, como ella, y tener una familia, como iba a tener ella.
No podía contenerse más, quería llamar a Mario y contarle la novedad, o pedirle que se escape de su oficina en el bajo para verla. Ella no podía dejar el kiosco, estaba sola y a esa hora vendía muchos boletos y cigarrillos. “Tengo algo importante para decirte” le iba a decir, y él seguro que se iba a preocupar un poco, porque ella no había tenido muchas náuseas y él no sabía que tenían un atraso. Pero no importa, la sorpresa valía la preocupación. Estaba decidida a llamarlo y contarle cuán ilusionada estaba.
Pero a veces la realidad se impone a la ilusión. “una monedita…”, repetía como un autómata un muchacho apostado entre el kiosco y la parada del colectivo. Tenía los pies descalzos y su ropa vieja y gastada. “Matías…”, lo llamó la kiosquera, el chiquito giró su cabeza y miró a la mujer que lo observaba detrás de las barras. “¿Querés un alfajor?”. El nene asintió con su cabeza y tomó el regalo que Karina le acercaba desde la ventana. Lo devoró con gusto.
Karina volvió a su rutina un tanto incómoda, y recordó a su esposo. Buscó el celular y marcó su número. La atendió la operadora que la transfirió al interno y en cuanto oyó la voz de Mario, no pudo contenerse ni un segundo más… “¿Gordo, cuál es el número para llamar si ves a alguien en la calle?” dijo mientras veía cómo su hijo comía las migas que habían quedado adheridas al envoltorio del alfajor.
Juan Lojo

lunes, 14 de junio de 2010

El tejido olvidado

Clara ve caer la única hoja que quedaba en el sauce llorón. Es hora de sacar la ropa de invierno. Con la bata puesta, sube al altillo agarrándose de la baranda para no caerse. Camina a oscuras, tratando de no pisar las maderas sueltas que rechinan al pasar. Manotea en el aire hasta que encuentra el interruptor, enciende la luz, abre las puertas del armario para sacar las cajas polvorientas que había guardado el año anterior. Apenas se puede ver la etiqueta que dice “ropa de invierno”. Lleva la caja a la habitación, abre la caja llena de prendas con olor a naftalina y envueltas en bolsas para que no se ensucien. Baja la caja cuidadosamente. La lleva a su habitación, la coloca sobre su cama, separa la ropa para poner en perchas. Cuando Clara termina de colgar la ropa en el ropero, encuentra en el fondo de la caja las agujas de tejer, con una bufanda sin terminar, clavadas en un ovillo. Recordó que había empezado a tejerla para el día de la madre pero no llegó a terminarla a tiempo y la abandonó. Entonces, decide meterla en su bolso para terminarla camino al trabajo. Se saca la bata, se viste con ropa abrigada y sale para tomar el colectivo. Mientras espera, en la parada, saca el tejido para continuarlo. Cuenta cuarenta puntos, un punto derecho, un punto revés, pasa la aguja por el ocho, pasa el hilo sobre la aguja, teje, vuelve el hilo, y ahora al revés. Tejer es como andar en bicicleta, nunca se olvida. Para el 79, paga un peso con cincuenta, encuentra un asiento vacío. Luego de tejer veinte minutos, sin parar, se coloca la bufanda para medirla sin sacarle las agujas. El largo es perfecto. Ya está cansada de tejer. Unas cuantas cuadras antes de llegar a su parada termina de cerrarla. Se apura en guardar el ovillo para bajar del colectivo, envuelve su cuello con la gruesa bufanda azul y celeste, de seda y lana ondulada. Toca el timbre, baja. El colectivo arranca. Clara corre con todas sus fuerzas, golpea las puertas, nadie la oye, trata de gritar que pare, no puede emitir sonido, con sus manos intenta desatarse la bufanda inútilmente. El chofer frena en la siguiente parada, abre las puertas, la prenda queda libre y Clara cae en el asfalto como un saco de papas.
Patricia D. Partarrieu

domingo, 30 de mayo de 2010

Recuerdos: palabras yuxtapuestas.

San Lorenzo, el mejor regalo paterno
El “bamba”, el “Pampa”, , el “Flaco” Passet, el “Ruso” Manusovich, el “Cabezón”, el “Diablo”, el “Gallego” González, el “Sapo”, el “Nene”, la “Oveja”, el “Lobo” Fischer, “Pipo”, el “Beto”, Lorenzo Massa, Santo, Cuervo, Matadores, Camboyanos, Carasucias, Ciclón, Gauchos de Boedo, Azulgrana.
San Juan y Boedo, Almagro, Boedo, avenida La Plata, El Gasómetro, Bajo Flores, avenida Perito Moreno, el Nuevo Gasómetro, Pedro Bidegain, campeonatos, fiesta, alegría, tercer grande, la Gloriosa Butteler, cánticos.
Recuerdo estas palabras en mi infancia. Glorioso fue aquel 25 de junio de 1995 cuando mi viejo me hizo abrir los ojos. “¡Somos campeones, Martín!”, gritó eufórico. Tres palabras le bastaron para convencerme de que modificara los colores y el diseño de la bandera que me representaría por el resto de mi vida. Abandoné las franjas horizontales por las verticales y, aunque mantuve el tinte azul, sentí la necesidad de un rojo sanguinario y combativo antes que un amarillo, que pretende ser dorado pero termina siendo un mediocre patito.
Martín Waisman
Infancia

Animales; perros, gatos, patos, gansos, pavos, gallinas, pollitos, conejos, caballo, pony, potrillo. Jardín, árboles; roble, sauces, ceibo, flores (muy pocas). Tierra, mucha tierra, barro, mucho barro. Veranos; pileta, sol, escondidas, poli-ladron, mancha, quemado. Inviernos; frío, salamandra, humo. Martes y domingos. Don Torcuato.

Fue así como transcurrió la mitad de mi infancia, aquella que tenía a mi papá y a su casa como protagonistas. Donde junto con mis hermanas vivíamos miles de aventuras, rodeadas una granja que fue creciendo por casualidad, por el cariño a los animales y por no contentarse con tener solo un perro.
María Sol Ramírez
Desde abajo
Máximo, Don Vicente, Cabello de ángel, Cica, Sopuré, Molino, Ledesma, Chango, Rosamonte, Cruz de malta, Taraguí, La Tranquera, Rosa Blanca, Blancaflor, Exquisita, Favorita, Terrabusi, Rumba, Bagley, Pepas, Pepitos, Chocolino, Zucoa, Nesquik, Tody.
Paleta, Roast Beef, Nalga, Bola de lomo, Peceto, Osobuco, Espinazo, Lomo, Cuadrada, Cuadril, Bifes anchos, Bife angosto, Asado, Entraña, Matambre, Vacío.
Maxiconsumo, Vital, el Ciclón, el flaco, carretas, boletas, vendedores, cintas, carteles, muchos números, gente comprando, calculadoras, lapiceras, cajas, arriba del carrito, sobre las cajas.
Caja, monedas, billetes, caramelos, balanza, máquina, cuchilla, picadora, pinza, mostrador, bolsas, envases, tarima, tabla, ganchera, gancho, heladeras, cortina, timbre, vidriera, rejilla y olor a lavandina.
Mi hermano y yo nos quedábamos detrás de la puerta, en el pasillo (que comunicaba al negocio con la casa), hasta que mis papas bajaban la persiana por la mitad. Nos pasábamos toda la tarde jugando al vendedor y el cliente.
Patricia D. Partarrieu